Domingo, 18 de Octubre de 2026

Actualizada Domingo, 18 de Octubre de 2026 a las 19:21:54 horas

MARIÁNGELES BERNA
MARIÁNGELES BERNA Domingo, 18 de Octubre de 2026

Francia y Milán: la violencia que empaña las protestas

Las imágenes de los disturbios vividos este sábado en Francia y Milán dejan mucho más que comercios saqueados, calles destrozadas, incendios y enfrentamientos con la policía. Dejan una inquietud que, al menos a mí, me resulta difícil ignorar. ¿Qué nos está pasando como sociedad? ¿Qué estamos perdiendo por el camino? ¿En qué momento valores tan esenciales como el respeto, la empatía, la responsabilidad y la convivencia han comenzado a quedar relegados a un segundo plano?

No se trata de cuestionar el derecho a manifestarse. Protestar, expresar el descontento y exigir respuestas a quienes gobiernan forman parte de una sociedad democrática. Hay motivos legítimos para sentirse indignado y situaciones sociales que merecen ser escuchadas. Pero ninguna reivindicación, por justa que sea, convierte la violencia en un derecho.

 

Este sábado, más de 500.000 personas, según las cifras del Gobierno francés, salieron a las calles para protestar, entre otras cuestiones, por las deficiencias de la educación pública, el elevado coste de la vida y el deterioro de otros servicios públicos. La mayoría participó pacíficamente. Sin embargo, grupos violentos protagonizaron graves disturbios en varias ciudades de Francia, con saqueos, incendios y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Una violencia que terminó empañando las reivindicaciones de quienes habían salido a manifestarse pacíficamente.

Y mientras observaba esas imágenes por redes sociales, no podía evitar pensar en las personas que hay detrás de cada uno de esos destrozos. Porque detrás de un comercio saqueado hay alguien que se levanta cada mañana para sacar adelante su negocio, trabajadores que dependen de ese establecimiento y familias que pueden ver comprometido su sustento. Detrás de cada agente agredido también hay una persona que está realizando su trabajo y que tiene derecho a regresar a casa sin haber sufrido una agresión.

 

¿Acaso dejamos de pensar en los demás cuando nos sentimos enfadados? ¿En qué momento hemos llegado a creer que nuestra indignación puede estar por encima de los derechos de otras personas?

Pero hay un dato de lo ocurrido en Milán que me ha hecho reflexionar especialmente. Tras los graves enfrentamientos registrados en el centro de la ciudad, alrededor de 50 personas fueron retenidas por la policía y trasladadas a dependencias policiales. Según la agencia italiana ANSA, casi la mitad eran menores de edad.

Menores de edad. Jóvenes que están en una etapa fundamental de su formación personal, de descubrimiento y de construcción de su futuro. Y no puedo evitar preguntarme qué está ocurriendo para que tantos adolescentes aparezcan entre los retenidos por unos incidentes de semejante gravedad.

No conocemos las circunstancias individuales de esos jóvenes ni podemos dar por demostrada la responsabilidad de todos ellos. Tampoco sería justo culpar a toda una generación por el comportamiento de quienes recurren a la violencia. Y mucho menos señalar automáticamente a sus familias.

Muchos padres y madres dedican su vida a intentar educar a sus hijos lo mejor que saben y pueden. Les transmiten principios, les enseñan a respetar y procuran darles las herramientas necesarias para convertirse en buenas personas. Pero llega un momento en el que las amistades, el entorno, las redes sociales y las experiencias personales adquieren una influencia que ninguna familia puede controlar por completo.

Aun así, creo que deberíamos atrevernos a plantear una reflexión incómoda sobre cómo ha cambiado nuestra manera de vivir y de educar durante las últimas décadas.

Hoy, en muchos hogares, ambos progenitores trabajan fuera de casa durante largas jornadas. Los niños pasan buena parte del día entre las aulas, los comedores escolares y las actividades extraescolares. Y cuando finalmente llega la noche, apenas quedan unas horas para preparar la cena, atender las obligaciones pendientes, conversar un poco y descansar antes de comenzar de nuevo al día siguiente.

Hemos llenado las agendas de nuestros hijos, pero ¿cuánto tiempo nos queda para escucharlos de verdad?

No pretendo idealizar el pasado. Antes también había violencia, injusticias y problemas de convivencia. Ni todas las familias disponían de más tiempo ni todos los modelos educativos eran mejores. Pero sí creo que merece la pena preguntarnos si, en esta carrera permanente por llegar a todo, estamos dejando de atender cuestiones fundamentales.

Educar no consiste únicamente en procurar una buena formación académica, apuntar a nuestros hijos a actividades o intentar que no les falte de nada. Educar también es escuchar, conversar, enseñar a gestionar la frustración, poner límites y explicar, tantas veces como sea necesario, que nuestros actos tienen consecuencias.

Es enseñar que no siempre podemos conseguir lo que queremos. Que hay que aprender a aceptar un no. Que no todas las personas van a pensar como nosotros y que eso no las convierte en enemigas. Que podemos estar profundamente en desacuerdo con alguien sin insultarlo, amenazarlo o recurrir a la violencia.

Y todo eso requiere tiempo. Tiempo para hablar con nuestros hijos, para conocer sus inquietudes, para detectar cuándo algo les preocupa y para acompañarlos cuando se equivocan. También exige saber decirles que no, incluso cuando resulta más cómodo evitar una discusión.

Me preocupa que, como sociedad, podamos estar confundiendo en ocasiones educar en libertad con educar sin límites. Porque formar personas capaces de pensar por sí mismas no significa permitir que crezcan creyendo que cualquier frustración justifica una reacción desproporcionada.

Pero tampoco podemos cargar toda esta responsabilidad sobre las familias. Los centros educativos, las instituciones, los medios de comunicación y el conjunto de la sociedad desempeñamos un papel esencial en la transmisión de valores.

Los jóvenes también aprenden observando a los adultos. Ven cómo discutimos, cómo reaccionamos cuando alguien nos contradice, cómo hablamos de quienes piensan diferente y cómo, en demasiadas ocasiones, el insulto termina sustituyendo al argumento.

¿Qué ejemplo estamos dando cuando convertimos cualquier discrepancia en un enfrentamiento? ¿Cómo podemos pedir respeto a nuestros hijos si nosotros mismos somos incapaces de practicarlo?

Quizá deberíamos empezar también por ahí.

Hay valores que no deberían tener etiquetas políticas ni religiosas. El respeto, la honestidad, la empatía, la solidaridad y la responsabilidad no pertenecen a ninguna ideología. Se puede ser creyente, ateo o agnóstico y compartir unos principios fundamentales sobre la dignidad de las personas y la necesidad de convivir.

Y conviene recordar algo que a veces parece olvidarse. Comprender el malestar de una persona no significa justificar cualquiera de sus actos. Podemos escuchar las reivindicaciones de los jóvenes, reconocer las dificultades que atraviesan y exigir soluciones a sus problemas sin aceptar que la respuesta sea quemar un vehículo, destrozar un establecimiento o agredir a un policía.

No tengo una respuesta sencilla a todo lo que hemos visto este fin de semana. Tampoco creo que exista una única causa que explique comportamientos tan graves. Sería injusto y poco riguroso atribuirlos exclusivamente a una supuesta falta de educación, ignorando las circunstancias sociales, económicas y personales que también pueden intervenir.

Pero sí tengo una convicción: una sociedad que deja de cuidar la educación en valores corre el riesgo de acostumbrarse a comportamientos que nunca deberían parecernos normales.

Educar en valores no es únicamente enseñar a nuestros hijos a comportarse bien, sino ayudarles a convertirse en personas capaces de convivir con quienes piensan y viven de forma diferente. Personas con criterio propio, capaces de cuestionar lo establecido, defender sus convicciones y reclamar cambios sin necesidad de imponerlos por la fuerza.

Porque respetar no significa estar de acuerdo con todo ni renunciar a defender nuestras ideas. Significa comprender que podemos discrepar, protestar y exigir cambios sin recurrir a la violencia ni vulnerar los derechos de los demás.

Esa educación empieza en casa, continúa en las aulas y nos compromete a todos. Y quizá sea el momento de preguntarnos, antes de buscar culpables, qué estamos haciendo cada uno de nosotros para transmitir a las nuevas generaciones los valores que queremos preservar.

Porque no podemos exigir a nuestros jóvenes el respeto y la responsabilidad que, en ocasiones, los adultos tampoco somos capaces de demostrar.

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