Domingo, 20 de Septiembre de 2026

Actualizada Domingo, 20 de Septiembre de 2026 a las 16:03:45 horas

RAFAEL SIMÓN GALLARDO
RAFAEL SIMÓN GALLARDO Domingo, 20 de Septiembre de 2026

La santa migración woke

La política contemporánea, en su faceta más progresista, se ha convertido en una suerte de teología del victimismo, donde el dogma prevalece sobre la realidad empírica. 

 

Existe una verdad incómoda, de esas que los arquitectos de la opinión pública prefieren sepultar bajo toneladas de retórica humanista: si la inmigración fuera un fenómeno protagonizado por mujeres y familias, el feminismo de Estado —ese que celebra la apertura de fronteras— habría levantado un muro de hormigón, invocando la protección de la seguridad y la identidad.

 

La anomalía estadística es flagrante: los flujos migratorios actuales, particularmente los que atraviesan el Mediterráneo, están compuestos en su inmensa mayoría por varones en edad militar. 

 

Aquí la lógica se quiebra. Si aceptamos el relato oficial de que estos individuos escapan de una guerra o una persecución inminente, nos encontramos ante una paradoja moral irresoluble: 

 

¿Qué clase de padre, marido o hijo huye de la violencia dejando atrás a los más vulnerables de su linaje? 

 

El instinto de conservación —el conatus de Spinosa— dicta que uno salva primero lo que más ama. 

 

Cuando el hombre se salva a sí mismo y abandona a su familia en el infierno, no estamos ante un refugiado político, sino ante un pionero económico.

 

La izquierda, sin embargo, necesita que el inmigrante sea una víctima, un lienzo en blanco sobre el que proyectar su necesidad de redención. Por eso detesta la inmigración china. El ciudadano chino que llega, abre un bazar y trabaja catorce horas al día sin pedir nada al Estado es una afrenta a su sistema. No delinque, no exige derechos de autor sobre su cultura y, lo más grave, no necesita la tutela de los servicios sociales. Es un individuo libre, y la libertad es el veneno de cualquier proyecto colectivista.


 

El caso ucraniano es, en este sentido, herético. Los ucranianos no encajan en el molde porque son refugiados reales: familias que huyen de una agresión imperial, mayoritariamente compuestas por mujeres y niños. Su comportamiento es el reflejo en el que la izquierda no quiere mirarse: no ocupan espacios públicos de forma disruptiva, no exigen privilegios y su integración es, por afinidad cultural, natural. Precisamente por ser los mejores refugiados, son los más despreciados por el establishment woke. Su mera existencia desmantela la farsa de que toda inmigración es igual y de que toda crítica a la gestión fronteriza es racismo.

 

Para Rufián, Iglesias o Montero, el ucraniano es un problema porque es una prueba viviente de que la guerra es un concepto que tiene límites claros, y que la mayoría de los que llegan a Ceuta no escapan de bombas, sino de la pobreza. 

 

Cuando acusan de racismo a quien prefiere acoger a un ucraniano, están confesando su impotencia intelectual: no pueden debatir con datos, así que recurren al insulto moral.

 

Esta disonancia llega al paroxismo cuando observamos su escala de valores. El progresismo actual es capaz de movilizarse en defensa de una mujer que asesina a sus hijos, como vimos en el caso de Lindsay Clancy, mientras desprecia a una figura pública como Sydney Sweeney, cuyo único delito es encarnar una estética que no se ajusta a los cánones de la fealdad militante. 

 

Es la inversión de los valores nietzscheana: santificar lo destructivo y castigar lo vital.

 

En última instancia, el rechazo de la izquierda a la inmigración ucraniana y su obsesión con la africana no es una cuestión de derechos humanos, sino de control social. Necesitan un flujo constante de personas que dependan del Estado para justificar su propia existencia política. 

 

El ucraniano, que llega con la intención de trabajar y regresar a su tierra cuando la paz vuelva, es un elemento que no se deja domesticar. El chino que viene a trabajar es incontrolable...Y esto, para quienes han hecho de la gestión de la miseria su principal fuente de poder, son  pecados imperdonables.

 

Rj. Simón 

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