Miércoles, 16 de Septiembre de 2026

Actualizada Martes, 15 de Septiembre de 2026 a las 23:17:19 horas

RAFAEL SIMÓN GALLARDO
RAFAEL SIMÓN GALLARDO Martes, 15 de Septiembre de 2026

EL ÚLTIMO BAILE DE PEDRO SÁNCHEZ

Antonio Gramsci, ese arquitecto de sombras que fundó el PC italiano, propuso conquistar la hegemonía controlando el sistema educativo, las instituciones religiosas y los medios de comunicación. Una tarea que en los años 20 era un paseo militar, pues los docentes de entonces aún distinguían entre cooperación y competencia, sin confundirlas en ese almíbar pedagógico que hoy nos ahoga. Pero perderíamos el tiempo defendiendo lo obvio —el esfuerzo, el mérito, la realidad— frente a este infantilismo armonista que nos gobierna. 

El plan gramsciano ha culminado en una ocupación total de las estructuras del Estado, donde el Ministerio de Educación parece hoy un apéndice de aquel viejo sistema comunista de la antigua URSS dedicada  a modelar conciencias sin instrucción libre.

 

Ante las elecciones que Pedro Sánchez deberá convocar en 2027, uno se pregunta si los gramscianos españoles tienen algo más en la recámara que ese control asfixiante de la narrativa. No lo sabremos hasta que las urnas dicten sentencia, cuando se confirme si el PSOE logra resistir por mayoría simple o si el castillo de naipes se derrumba. 

Ni yo, ni mis conocidos, ni quienes conservan un gramo de sentido común nos hacemos ilusiones. Haber permitido que la enseñanza, desde el jardín de infancia hasta el máster, sea pasto de la post verdad y de lo políticamente correcto, les otorga un pagaré que siempre pueden presentar al cobro: el respaldo de una generación entera sometida a un lavado de cerebro industrial. 

Sánchez llegó a La Moncloa con una aritmética de tahúr, apoyado por una amalgama de separatistas y radicales con los que juega al parchís de los indultos y las amnistías, y desde entonces ha puesto los recursos públicos al servicio de su propia supervivencia, perfeccionando el arte de la ocupación institucional hasta niveles que harían sonrojar al más cínico de los comisarios rusos.

 

Si miramos al mundo, ese programa de ingeniería social parece tambalearse. Las certezas de ayer se deshacen entre conflictos globales, la inestabilidad de las democracias occidentales y un tablero geopolítico donde el eje Moscú-China ha mutado en alianzas más oscuras y complejas. 

Mientras tanto, aquí, la fe es inasequible al desaliento. Se deplora la tiranía del mercado y el liberalismo, omitiendo las alternativas que ya conocemos de sobra, mientras el estatismo crece como la hiedra, multiplicando la deuda y la carga fiscal para sufragar el enjuague de una clase política aferrada al caciquismo de las subvenciones y los lobbies de nuevo cuño.

Me encantaría que el elector español supiera separar la paja del grano, sin confundir espectros con seres de carne y hueso. Resulta agotador este juego de etiquetas donde cualquiera que discrepe del pensamiento único es despachado como un fascista de opereta. 

Cuando los verdaderos mussolinianos del planeta no alcanzan ni para llenar un autobús, mientras que para la izquierda todo lo que no sea su catecismo es extrema derecha. 

He vuelto a leer El fantasma de Canterville de Oscar Wilde, buscando claves en ese contraste entre lo espectral y lo real. Y algo encontré.

Pedro Sánchez, como Sir Simon de Canterville, sufrirá lo indecible cuando una familia pragmática ocupe su castillo de la Moncloa. Cuando aparezca decapitado, como en el libro, y le ofrezcan bicarbonato por si su ardor de estómago puede mejorar; cuando arrastre cadenas y le sugieran aceite para motores de explosión. Al final, el fantasma de Sánchez, cansado de ser un payaso terrorífico, tendrá que retirarse ante la evidencia de que sus trucos ya no asustan a nadie. 

Hoy, en nuestra política, todos parecen los fantasmas de Canterville: Abascal, atrapado en su misantropía de trinchera; Feijóo, jugando a un centro que es solo un disfraz para no incomodar; y la izquierda, siempre dispuesta a desenmascarar fascistas imaginarios para ocultar su propia incapacidad de gestión. 

Todos fingen, todos actúan, todos se acusan de ser enemigos del género humano mientras el país se deshilacha.

¿Es este el principal activo de Sánchez y sus aliados, que el miedo a los fantasmas sea mayor que el cansancio por la realidad? 

Por ahora, solo sabemos que le aterra el debate público, que su tesis es un ejercicio de copia retórica y que no se aleja ni un milímetro de la estela de Zapatero, aunque esté inculcado, injustamente claro por los jueces fascistas. 

Escucho a la gente decepcionada por la indiferencia hacia la unidad de España, y me pregunto hasta qué punto esa desafección es el legado de una generación que perdió el respeto por la vida, propia y ajena, creyendo que la revolución era un juego de salón.

Pasaron los años, y uno termina comprendiendo que nadie nos delegó el espíritu de la verdad ni de la justicia; fue solo una erupción de autocomplacencia, reforzada por el ruido de fondo de un siglo que se desmoronaba. 

¿Qué votamos entonces? 

Pues cualquier cosa que rompa este monopolio sectario, que desmonte esta trama de reflejos condicionados subvencionada por todos en beneficio de unos pocos. 

Basta de fantasmas. 

Es hora de que, al menos, intentemos volver a la realidad.

RJ Simón 

 
Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.64

Todavía no hay comentarios

Más noticias

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.