Del Lunes, 03 de Agosto de 2026 al Jueves, 10 de Septiembre de 2026
El guardián de la frontera
La frontera es, en el fondo, un espejo donde se refleja la calidad moral de los hombres que la custodian. En Ceuta, donde el Mediterráneo se estrecha y el pasado se siente en la piedra y en la sal, la historia no perdona ni olvida. Allí, la realidad no se negocia en despachos alfombrados ni con comunicados de prensa redactados por asesores con el alma de corcho; allí, la realidad se mide en la mirada de quien vigila el muro y en el silencio de quien sabe que, cuando el vecino aprieta, el protector suele mirar hacia otro lado.
El Gobierno de Pedro Sánchez ha intentado envolver la gestión de la crisis con Marruecos en un celofán de «diplomacia estratégica» y «buena vecindad». Es el lenguaje de la mediocridad, el eufemismo que utilizan quienes confunden la prudencia con la abdicación. Nos cuentan que ceder es avanzar, que el giro histórico sobre el Sáhara —realizado sin consultar a nadie, como quien cambia de chaqueta en una tarde de lluvia— es un ejercicio de realismo político. Pero, bajo el barniz de los bulos gubernamentales, bajo la cantinela de que todo está bajo control y que la relación es «excelente», subyace una verdad mucho más cruda: el miedo.
Los verdaderos motivos de esta actitud no residen en una gran estrategia geopolítica, sino en una carencia fundamental de espina dorsal. Se trata de un Ejecutivo que ha comprendido que, en el tablero de la política contemporánea, es más cómodo ser un vasallo dócil que un soberano exigente. La ocupación, la presión migratoria, el chantaje constante en la valla... todo se desactiva mediante la entrega de parcelas de dignidad nacional. Sánchez no busca la estabilidad, busca el aplazamiento del problema, convencido de que, si entrega hoy un poco más de soberanía, el lobo tardará un poco más en devorarle. Es el viejo error de quien cree que puede alimentar a la bestia con trozos de su propia casa.
Y luego está la frase de Juan Manuel de Prada. Esa sentencia que circula por las redes y las barras de bar, cargada de una bilis tan negra como el fondo del Estrecho: «Se puede ser sumiso, se puede ser servil, se puede ser rastrero, se puede ser cornudo y apaleado, se puede ser arrebatadamente abyecto; pero para lamer almorranas alauitas con tanto denuedo hace falta un alma anélida».
Es una expresión brutal, sí. Una ordinariez, dirían los puristas de la corrección política. Pero, despojándola de su lenguaje tabernario, lo que late en esa frase es la indignación profunda de quien contempla la deshonra ajena y no puede evitar sentir náuseas. Hablar de un «alma anélida» es referirse a la ausencia absoluta de estructura, a esa criatura que se arrastra sin huesos, que se adapta a cualquier superficie y que carece de la rigidez necesaria para mantenerse en pie ante el viento de la historia.
La frase no es una crítica política al uso; es un diagnóstico sobre la pérdida de la noción del honor. En la política de altura, la que conocieron otros tiempos y otros hombres, el servilismo tenía un límite marcado por la dignidad del cargo y del país. Hoy, esa línea se ha borrado. La frase que analizamos es, en última instancia, el grito de quien observa cómo, ante la falta de carácter, el poder se convierte en una forma de humillación consentida. Y, en ese terreno, cuando el gobernante prefiere la genuflexión al respeto, lo único que queda es la vergüenza de quienes, desde la barrera, ven cómo se desmorona, poco a poco, el peso de lo que una vez fue una nación soberana.
Rj. Simón
















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