La Odisea sin dioses...
El polvo de Troya, maldita sea, nunca termina de asentarse. Christopher Nolan ha vuelto a las playas de la antigüedad, pero no busquen aquí los hexámetros de Homero ni el brillo de las armaduras forjadas por Hefesto.
En esta Odisea del siglo XXI, el director británico ha hecho lo que cualquier hombre sensato con una cámara debería hacer: despojar al mito del barniz divino para descubrir lo que importa, que no es otra cosa que la miseria y la grandeza del soldado que intenta volver a casa.
Homero nos dejó un poema de dioses que juegan al ajedrez con la vida de los hombres. Nolan, en cambio, ha cerrado las puertas del Olimpo.
En su película no hay escenas en las cumbres donde Zeus decide el destino; aquí el destino es el trauma, el fango de las trincheras y el silencio del hombre que ha visto demasiado. Atenea, no baja del cielo en un carro de luz para aconsejar al astuto Odiseo; ahora es una sombra, la voz en la cabeza, el eco que se niega a dejarlo dormir. Se trata de la encarnación del remordimiento del veterano de guerra que sabe que, después de Troya, nadie regresa siendo el mismo.
El director ha podado la rama del mito con la precisión del cirujano. Los feacios, esa gente hospitalaria que en el poema servía de puente hacia el hogar, han desaparecido.
¿Para qué los quiere? No hay hospitalidad cuando el infierno te persigue. Nolan prefiere la crudeza del flashback, ese recurso para recordarnos que el pasado no es el lugar al que se vuelve, sino la carga que se arrastra. Incluso Calipso ha dejado de ser la ninfa que retiene al héroe por capricho; es, en la visión de la película, el espejo donde Odiseo se mira y solo encuentra a un extraño.
Se han ido los monstruos de cuento de hadas, el moly de Hermes y la bolsa de los vientos. Lo que queda es el Odiseo más humano, el más roto, el más nuestro. El hombre que regresa a Ítaca no como triunfador, sino como náufrago de su propia memoria, el pobre méndigo encapuchado.
Al eliminar la intervención de los dioses, Nolan nos devuelve la responsabilidad: el regreso no es el juego de azar orquestado por el Olimpo, es la lucha encarnizada del hombre contra sus demonios.
Hay quien dirá que esto no es Homero. Y es cierto, no lo es. Homero nos dio el mito, la épica, el canto de las sirenas que prometen la sabiduría absoluta. Nolan, en cambio, nos entrega la resaca del hombre que, tras destruir la ciudad, descubre que la verdadera guerra no se libra en las murallas de Troya, sino en el largo camino de regreso a casa. Al fin y al cabo, todos somos, en algún momento, un Odiseo intentando recordar quiénes éramos antes de que la guerra nos cambiara para siempre.
Rj. Simón



















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.64