Jueves, 23 de Julio de 2026

Actualizada Jueves, 23 de Julio de 2026 a las 18:29:24 horas

INMA LARA VÁZQUEZ
INMA LARA VÁZQUEZ Jueves, 23 de Julio de 2026

Nuestra casa común también tiene fiebre

Hay días en los que el termómetro deja de ser una cifra para convertirse en un mensaje. Hoy, mientras Alicante amanece bajo alerta roja por temperaturas extremas y aviso por lluvias intensas, resulta difícil seguir pensando que estamos ante un verano especialmente caluroso. No lo estamos. Estamos contemplando, quizá sin querer reconocerlo del todo, cómo nuestra casa común nos está enviando señales cada vez más difíciles de ignorar.

Durante demasiado tiempo hemos hablado del planeta como si fuera algo ajeno a nosotros. Decimos "el medio ambiente" como quien habla de un bosque lejano o de un paisaje que solo visitamos durante las vacaciones. Sin embargo, el medio ambiente no empieza donde termina la ciudad. Es el aire que respiramos cuando salimos de casa, el agua que llega a nuestros hogares, la tierra que produce los alimentos que consumimos y las calles por las que caminamos cada día. Es, sencillamente, el lugar donde transcurre nuestra vida. Nuestra casa común.

 

Y cuando una casa empieza a deteriorarse, no basta con abrir las ventanas y esperar a que el problema desaparezca. Hay que preguntarse qué está ocurriendo, por qué ocurre y, sobre todo, qué responsabilidad tiene cada uno de quienes la habitan.

La sostenibilidad nace precisamente de esa idea: comprender que no somos propietarios del planeta, sino parte de él. Que nuestras decisiones individuales importan, pero también las colectivas. Que no basta con pedir más compromiso a la ciudadanía mientras seguimos diseñando ciudades que acumulan calor, modelos productivos que consumen recursos como si fueran infinitos o políticas que continúan reaccionando ante las emergencias en lugar de anticiparse a ellas.

 

Porque el calor extremo no es únicamente una cuestión ambiental. Es una cuestión profundamente social. Nunca afecta a todas las personas por igual. Mientras unos pueden refugiarse en espacios climatizados o reorganizar su jornada, otras muchas personas siguen trabajando al aire libre, viven en viviendas que se convierten en auténticos hornos o afrontan las altas temperaturas con enfermedades que aumentan su vulnerabilidad. La emergencia climática también tiene rostro humano, y suele ser el de quienes menos recursos tienen para protegerse.

Las empresas tampoco permanecen ajenas a esta realidad. Cada episodio extremo obliga a replantear horarios, reforzar protocolos de prevención, asumir costes adicionales y gestionar riesgos que hace apenas unos años apenas figuraban en los planes de contingencia. Lo que antes parecía una conversación sobre sostenibilidad se está convirtiendo, cada vez con más frecuencia, en una conversación sobre continuidad del negocio, salud laboral, productividad y resiliencia. Adaptarse ya no es una opción estratégica; empieza a ser una condición para seguir siendo competitivos.

 

Y ahí es donde la sostenibilidad revela su verdadero significado. No consiste únicamente en reducir emisiones o reciclar mejor, aunque ambas cosas sean imprescindibles. Consiste en entender que todo está conectado. Que una decisión ambiental tiene consecuencias sociales. Que una política pública influye en la economía. Que una empresa responsable protege no solo su cuenta de resultados, sino también a las personas que la hacen posible. Y que gobernar implica mirar más allá de la próxima legislatura para pensar en la próxima generación.

A veces escuchamos que los pequeños gestos no sirven para nada. Que cerrar el grifo, utilizar menos el coche o separar los residuos son acciones insignificantes frente a un problema global. Es cierto que ninguna de ellas resolverá, por sí sola, la crisis climática. Pero también lo es que ninguna gran transformación colectiva ha nacido sin millones de pequeñas decisiones individuales. Los hábitos crean cultura. La cultura impulsa cambios. Y los cambios terminan exigiendo mejores políticas y empresas más responsables. Es un círculo que solo funciona cuando todas las piezas avanzan en la misma dirección.

Nuestra casa común no necesita héroes. Necesita habitantes conscientes. Personas, empresas e instituciones capaces de comprender que cuidar del planeta no es una renuncia, sino una forma de cuidar de nosotros mismos. Porque cuando el calor vacía las calles, altera nuestra salud, pone en riesgo el trabajo de miles de personas y obliga a replantear la forma en que vivimos nuestras ciudades, ya no estamos hablando únicamente del clima. Estamos hablando del modelo de sociedad que queremos construir.

Quizá el verdadero desafío no sea aprender a convivir con veranos cada vez más extremos. El verdadero desafío consiste en decidir si vamos a seguir reaccionando cuando suenen las alertas o si, de una vez por todas, asumiremos que cuidar de nuestra casa común es la mejor inversión que podemos hacer para el futuro.

 

Inma Lara – CEO y Head of Sustainable Communications & PR

Comunicamos Experience Agencia de Marketing Sostenible

LinkedIn Inma

 

 

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