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MIGUEL SÁNCHEZ BARREDO Miércoles, 16 de Abril de 2014

Cerebro derecho y monos marinos

La historia del hombre podría ser la historia de cómo nos hemos estado tomando el pelo unos a otros durante miles de años. A veces de forma brillante y memorable como en el mito del caballo de Troya y otras de la manera más chapucera y oscura (pero no por ello menos eficaz) como cuando brujos, hechiceros, y sumos sacerdotes varios se han dedicado a jugar con las filias y las fobias de su auditorio, obteniendo algún tipo de ganancia material, social o sexual. Recuerdo aquellos anuncios de los 80 sobre gafas con rayos x, monos marinos, cursos de idiomas para estudiar durmiendo y vigorizantes para conseguir un físico hercúleo.

 

Debo reconocer que si de niño me fascinó la idea de tener cualquiera de esos artículos, cuando tuve uso de razón me fascinó aún más el que seguramente hubo una legión de panolis ya entrados en canas que llegaron a palmar pasta con aquella sarta de disparates vintage. Pensamiento mágico, o dicho de otro modo, ese extraño don que  la mayoría de nosotros tenemos para poder ver e interpretar las cosas de forma supersticiosa, irracional o claramente absurda, pero siempre bajo un prisma de convicción confortable. Todo ello acompañado de una buena dosis de simplificación, cuanta más mejor ¿verdad? (espero con todas mis fuerzas que capten la ironía). Verbigracia: de nada importa que llevemos años teniendo algo más que evidencia de que en nuestro cerebro no existe dominancia hemisférica absoluta para ninguna función, que se conozca la existencia de la  “diasquisis” desde hace un siglo o que se hayan escrito publicaciones sobre personalidad con todo lujo de armamento estadístico y biológico sobre el que sustentarse.

 

Da igual. Si nos cuentan que existe una personalidad basada en el hemisferio izquierdo y otra en el derecho, pues fenomenal ¿para qué complicarnos?. Que la realidad y las opiniones de expertos no nos arruinen una bonita teoría. Y si alguien nos llamara al orden, en ese caso: “Sostenella y no enmendalla”, podemos espetar a bocajarro que “cada cual es muy libre de creer lo que quiera”, que “el método científico tiene muchas limitaciones” o “que queda mucho por aprender sobre neurociencia”.  Cualquier sandez o verdad sacada de contexto y convenientemente tergiversada valdrá.

 

Creo que dada la situación, es necesario reclamar en empresas y universidades un punto de sensatez en quienes controlan quién y cómo se ejerce la formación en determinadas áreas relacionadas con la psicología y las neurociencias para que cualquier lego en la materia no pueda meterse (y lo peor de todo, meter a su alumnado) en un bonito jardín de cartón piedra. Dicen que hay un sitio en el que hace mucho calor, al que se llega por un camino empedrado de buenas intenciones. La otra opción es recuperar la frenología como paradigma de la neurociencia y sustituir la epistemología por alguna especie de patafísica. Que vuelvan los augures romanos a las empresas para decirnos cuáles son los días fastos. O mejor aún escuchemos con nuestro cerebro derecho (mientras dormimos, claro) qué opinan los monos marinos con su hemisferio izquierdo.

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