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LAURA ROSILLO Lunes, 31 de Marzo de 2014

El circo ha llegado a la universidad

Me levanto, voy a un curso, como rápido, voy a la universidad, vuelvo a casa de noche y me pongo a trabajar. Lo gracioso de todo ésto es que al acostarme me doy cuenta de que mañana será un día parecido. ¿Y todo para qué? Para labrarme un futuro, para ser alguien el día de mañana, y para esa famosa frase que se ha instaurado en el vocabulario de cualquier estudiante universitario español en los últimos años: "para que no me quiten la beca".

 

Porque señores, conseguir una beca en este país se ha convertido en una lotería, y pagar las tasas, en un juego de malabares con la cuenta corriente de tus padres. Si a esos juegos malabares se le suman todos los componentes del circo encontramos a los cientos de alumnos que están sentados en clase intentando atender a aquella figura borrosa de allí que parece ser el profesor de inglés, por las palabras que se alcanzan a escuchar. Aunque bueno, si se piensa fríamente, hay veces que uno puede incluso ahorrarse el gimnasio. ¿Saben a qué me refiero, no? A esas carreras contrarreloj hacia el aula correspondiente como se tenga la más mínima intención de coger un sitio en las primeras filas para atender un poco. ¡Ah! Y descubrir por fin qué la mancha negra que se le veía al profesor en la cara, eran sus gafas de vista. Todo cobra sentido al fin. Aún así, la vida universitaria tiene sus partes buenas, incluso en determinados sitios se crean clientes VIP cada minuto. Vamos, los de las copisterías de la universidad ya preguntan hasta que qué tal está el perro. Porque claro, es lo mínimo que pueden hacer teniendo en cuenta que ese crucero por el mar Báltico de cada verano es gracias a la barbaridad que cobran por fotocopia.

 

Y querido lector, si usted piensa que todo eso se paga con la cuantía de la beca pregunte por ella a Madrid, pues está en paradero desconocido. Nos hemos convertido en un barco rebosante y lustroso a la deriva, al que una tormenta le ha obligado a aligerar el peso. Aunque paradójicamente lo que al final haya caído por la borda hayan sido los libros y las medicinas en vez de los barriles de vino. Incluso son los propios jóvenes grumetes los que últimamente se ven obligados a abandonar el barco. Éstos, con la única ayuda de un pequeño bote se lanzan a la aventura en dirección a los grandes galeones que parecen correr mejor suerte que nosotros. Necesitamos recuperar a todos esos marineros, pues en un futuro no quedará nadie que nos dirija a buen puerto. Atentamente, un grumete que necesita que alguien crea en su generación.  

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