La adolescencia revisitada
"¡Yo maldigo las guerras. Os maldigo a todos!", grita Taylor (Charlton Heston) mientras contempla las ruinas de la Estatua de la Libertad y se derrumba en la arena de la playa consciente de la tragedia. La última escena de El Planeta de los Simios (1968) forma parte, sin duda, de la historia del séptimo arte, pero también, y sobre todo, de la biografía personal de los aficionados al cine que tuvimos en la adolescencia la inmensa fortuna de sorprendernos con el inesperado desenlace de la historia en el mismo instante en que lo hacía su protagonista.
Aquellos soberbios planos finales, con los picos de la corona dibujándose en la pantalla mientras Taylor se acerca a la estatua ignorante de su destino, descubrieron en nosotros un nuevo mundo de sensaciones, un tesoro íntimo que desconocíamos pero que siempre había estado ahí, como agazapado. Nada volvió a ser igual. Ese día empezamos a abandonar la niñez, fascinados y deslumbrados por algo que no sabíamos muy bien qué era, y guardando celosamente nuestro recién descubierto secreto.
Desconocíamos hacia dónde íbamos y qué nos depararía el futuro, pero queríamos avanzar, solos, atraídos por algo maravilloso. Llegaron entonces las lecturas, los libros y más películas. Permanecíamos ajenos a todo durante horas con un libro entre las manos, felices porque en el fondo nos leíamos a nosotros mismos. No lo sabíamos, pero nos estábamos descubriendo en las novelas escritas por otros. Y nos enamoramos, claro que nos enamoramos. Primero en las novelas y en el cine, y luego en la realidad, y en ambos mundos era igualmente maravilloso, pero mientras que el amor era eterno en el papel, la tinta y en el haz de luz que llegaba a las pantallas, por contra se desvanecía o dolía y hería profundamente en la vida. Acudíamos entonces de nuevo a la ficción como refugio de nuestras desilusiones juveniles.
Y así pasaron los años. Ahora que anuncian una nueva versión, secuela o precuela de El Planeta de los Simios y que volverán a hablarnos de aquella primera película, he recordado la intensa sensación que me produjo ese primer descubrimiento cinematográfico, aquella playa y las ruinas y las olas rompiendo, y el desasosiego que sintió Taylor cuando fue consciente de lo que había ocurrido, y la desolación que me invadió a mi también. Ya casi nada nos sorprende. El día en que nos damos cuenta de que ya ha desaparecido aquella fascinación, de que no encontramos en nosotros esa luz primigenia que iluminó nuestra adolescencia y nos guió por la juventud, ese día comenzamos lenta e inexorablemente a morir.

















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