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LAURA ROSILLO Lunes, 21 de Abril de 2014

Que alguien nos rescate

El pasado viernes me levanté tremendamente animada. Eran vacaciones de Semana Santa (qué tiempos) además de víspera de fin de semana, y por lo que podía vislumbrar entre las legañas y el pelo enmarañado de haber dormido como si me hubiera caído de un quinto piso, lucía un sol radiante en Alicante. ¿Qué podía ir mal? Me levanté de un salto y mientras me ponía mis gafas de hipster eché un vistazo al papeleo de encima de mi mesa. Entre las montañas de papel que vaticinaban un claro principio de Síndrome de Diógenes encontré un aterrador post-it que me miraba fijamente.

 

Él me dió una noticia horrible. Yo no quise creerle, pero era cierto: Tenía que ir al banco. En ese preciso instante me armé de valor y pensé: "bueno, seguro que hoy hay muchas buenas personas trabajando y me atienden rápido" (pobre ingenua). Preparé la mochila con la cantimplora, un par de bocadillos y la tienda de campaña. ¡Ah! Y el paragüas y el aftersun, porque claro, uno sabe cuando entra en un banco, pero no cuando saldrá. Fue después de que mi familia me diera el pésame cuando salí de casa como quien se va a la guerra.

 

Una vez llegada a la sucursal, algo me descolocó, ¡aquello parecía un partido de fútbol! Con una clara desventaja, todo hay que decirlo. En la cola éramos 15 y trabajando había 4 personas y media (contando que una era la señora de la limpieza, otra la pobre chica del mostrador y esa media persona era un señor trajeado y grandote con una mano al teclado y la otra descubriéndose América en su orificio auditivo).

 

Y después de todo, lo paradójico es que aun siendo más, nunca ganamos. ¿Qué vamos a hacer? ¡Se van a quedar con todo el dinero que habíamos apostado! Aunque pensándolo un poco, ¿eso no lleva ya un tiempo ocurriendo? Que se lo digan sobretodo a los que, incrédulos, nos acercamos con buena fe al mostrador a pagar un recibo y nos comunican muy amablemente que tenemos que pagar una cantidad extra, porque sí.

 

Un momento, ¿quiere decirme usted que yo pago por venir a pagar mientras usted cobra por venir a cobrarme? Qué interesante, deme un bolígrafo que firmo ya. Aunque, queridos lectores, realmente la culpa de esto no es de esa pobre chica del mostrador, que día tras día tiene que dar la cara al público sabiendo la vergüenza que da todo el tinglado que tienen montado. Porque lo que en principio era un dinero destinado a las personas a través de los bancos se ha convertido hoy en el relleno del colchón de unos pocos y el hambre de muchos.

 

Esos "pocos" son los que manejan los hilos como si de un teatro de marionetas se tratara. Aquellos que desde sus cómodos sillones de piel disfrutan de la batalla que se disputa en la calle, literalmente, unos juegos del hambre. Aquellos que nos hacen vivir en un universo en el que se rescatan a los bancos y no a las personas.

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