Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Jueves, 2 de agosto de 2018

El rey cerdo (en defensa de lo raro)

Guardar en Mis Noticias.

No se me ofendan los monárquicos que no va por ahí. Hoy va de confesiones de un hombre sincero, de donde crece la palma, que antes de morirse quiere echar sus penas del alma.

 

Que ya está bien de la dictadura de lo normal. Que vale ya de juzgar a los demás porque no son como la mayoría.

 

Todo esto viene porque leí el otro día un artículo de un tío que no soporta las aceitunas. Hasta el punto de que le dan arcadas simplemente al pensar en ellas. Con lo buenas que están, ¿verdad? Pues no. Para esa persona no. Y da igual que a la mayoría sí. A “él” no y punto. Yo le entiendo perfectamente. No saben ustedes cuánto.

 

A mí no me gustan ni el jamón ni el queso. Voy a dejar unos segundos para que lo digieran.

 

Es más, lo único que me gusta del cerdo son los andares, que son muy graciosos. Ni las salchichas, ni el salchichón, ni el lomo ibérico, ni el beicon, ni la morcilla, ni el chorizo en sus infinitas variedades, ni el solomillo, ni la presa. No digamos ya exquisiteces como la careta, las manitas, las orejas, etc. Nada. No me gusta.

 

Esto, que para un judío o un musulmán es lo normal, para un ateo español nacido en 1966 es una puta pesadilla. Imagínense ustedes (ya sé que es imposible pero hagan el esfuerzo) que no comen cerdo y que van a un bar español de toda la vida a pedir un bocadillo: de los 15 productos susceptibles de poner entre pan y pan, al menos 13 serán cerdo con o sin queso. Solo con suerte tendrán atún o tortilla. Prueben a ir a una barbacoa. Acepten una invitación a cenar. Vayan a un convite de boda. Mientras los demás se dan un festín con el amigo cerdo, tú te llenas de pan, aceitunas, patatas fritas de bolsa y cualquier otra cosa que sea comestible. O bebible. Porque de nuevo, el cerdo será el rey. Jamón y queso presiden absolutamente todos los aperitivos del país, no importa en qué comunidad autónoma te encuentres. Cuando de niño repartían el bocadillo en las excursiones, yo ya sabía que no iba a comer y sacaba el que traía escondido de casa. De atún, por supuesto. Me decían los compañeros que no iba a crecer si no comía jamón y chorizo. Ya. Pues mido 1’90 y peso 105 kg…

 

Este problema es algo que la gente “normal” (“los otros”, como yo les llamo) no puede entender. No se les pasa por la cabeza que a alguien no le guste el jamón ibérico y te miran con una cara mezcla de incredulidad, pena y desconfianza.

 

Yo colecciono reacciones de la gente. De momento gana con mucha diferencia “¿¡No te gusta el jamooooón?!” seguida a cierta distancia por “eso es que no has probado el bueno”, “no sabes lo que te pierdes” y “tú estás gilipollas”, por ese orden. He llegado a decir que soy alérgico al cerdo provocando una reacción de lástima absoluta; también usé un tiempo el “me duele una muela” pero así me quedaba sin comer nada, por guardar las apariencias, y tampoco era eso. Así que ahora lo suelto y apunto mentalmente la reacción y el careto que se le queda a la gente.

 

Si unimos todo eso a que no soy futbolero, no veo series, y odio los toros, ya se imaginarán las veces que me han dicho “tú no eres español”, como si ser español fuera eso. Encima solo me gusta la música en inglés (salvo honrosas y ochenteras excepciones), no me va el flamenco y no soporto los ritmos latinos (para mí la única salsa buena es la que se puede mojar el pan en ella) y el reggaetón (o como mierda se escriba) me produce urticaria cerebral.

 

Con esto quiero decir que sí, que soy raro en toda su definición: (“que tiene un comportamiento extravagante o sorprendente, o poco común para lo que se considera habitual, natural o normal”) y que, por muy sorprendente que parezca, mi comportamiento no conlleva perjuicio alguno para los que me rodean: salvo a los productores de carne porcina, no creo que a nadie le importe una mierda lo que yo coma. Y a mí, por supuesto, me importa un carajo lo que piensen los demás, a estas alturas.

 

Pero no siempre fue así. La certeza de sentirte raro, diferente a los demás, no es una buena sensación a ciertas edades en las que el “qué dirán” importa y mucho; cuando la necesidad de pertenencia al grupo es imperiosa gracias al puto instinto gregario del ser humano. Algo que ahora me produce gracia por la reacción de la gente fue, durante mucho tiempo, motivo de angustia y debilidad. Y las risas e insultos de los demás, aún los cariñosos, nunca ayudaron.

 

Por eso háganme un favor: intenten ponerse en la piel del otro, del raro, del diferente. Del que no le gusta el mar, del que odia conducir, del que no le gusta leer o del que no bebe cerveza (cosas todas maravillosas para mí).

 

Yo podría decir que esa persona está gilipollas pero no lo hago. Aunque lo piense.

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
Puede dejar su comentario
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
1 Comentario
Fecha: Jueves, 2 de agosto de 2018 a las 15:17
Arturo
Genial! Como siempre

© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress