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ENRIQUE VILA
Martes, 3 de julio de 2018

La "apropioxina"

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Se la ha bautizado, civilmente para no herir sensibilidades, como “apropioxina” y, al parecer, también carece de género para no meterse en líos. Es decir, no hay un señor apropioxino junto a la señora apropioxina y se define como toxina autónoma, autosuficiente, independiente e independentista, recelosa, vengativa, revisora de acontecimientos pasados y mentirosa compulsiva.

 

Esta “joyita” de sustancia permanece latente en los cuerpos infectados pudiendo encontrarse en estado de catalepsia permanente sin manifestación aparente. Según los estudios que la han aislado para su análisis, su desarrollo obedece a varios factores, tanto interiores como externos, que fomentan su revelación. Ahora bien, cuando se pronuncia ya es tarde, no hay cura conocida salvo el ingreso en unos centros de desintoxicación llamados “penitenciarios” donde el paciente no mejora pero, al menos, se le aparta un tiempo de la sociedad en evitación de más tropelías. Al no conocerse cura posible, los efectos no son reversibles, es decir, lo hecho bajo la influencia de la “apropio” (en apócope) no suele repararse ni devolverse por los infectados.

 

Sus síntomas más frecuentes son una intensa sensación de valía y consideración personal, por encima del resto de los mortales, y la convicción de que todo lo que manejan, todo aquello que administran o se encuentra a su alcance, es de su titularidad o debería de serlo, así como de que las decisiones que toman, ordenan y ejecutan, son las correctas con base, únicamente, en su infalibilidad. Igualmente, lleva aparejada una sensación de impunidad y de falta de responsabilidad en el sujeto por sus actos y la ausencia, por desaparición inmediata y espontanea, de cualquier género de autocrítica. La toxina actúa eliminando sensaciones como el remordimiento, la compasión, la honestidad, la nobleza y la empatía con sus semejantes y sus opiniones que desprecian o, simplemente, ignoran.

 

Al parecer la toxina influye decisivamente en los neurotransmisores cerebrales provocando lapsos de memoria a corto y a largo plazo. No es de extrañar, por ello, que los infectados se desdigan de lo que hayan podido manifestar con anterioridad o que “olviden” lo prometido y se comporten de forma distinta a la que en su día defendieron vehementemente. Incluso llegan a hacer aquello que criticaron ferozmente a otros, afeándoles la conducta. No es que sean unos falsos, canallas, hipócritas sin moral alguna o amorales, ratas inútiles e ineficaces, basura y rémoras a eliminar. No. Es que la toxina, la “apropio”, está afectando a su comportamiento y no pueden evitarlo, se “apropia” también de ellos y les somete.

 

Nadie está libre de sufrirla. Puede darse en cualquier contexto social, aunque su aparición viene frecuentemente vinculada a cargos con algún poder de decisión sobre el resto. Se han descubierto casos en, por ejemplo, presidentes de comunidades de propietarios, comisiones de fiestas locales, en maestros y profesores (los que recomiendan comprar su libro si se quiere tener opciones -únicas ventas que hacen-), así como en miembros de alguna que otra familia real por afinidad, pero sus efectos y número es mucho más grave y elevado entre cargos públicos. La forma más liviana de manifestación lleva a los infectados a desdecirse, a decidir y comportarse contrariamente a lo prometido, a otorgar prebendas y premios a antiguos enemigos o a olvidarse de los perjudicados a quienes prometieron defender. Todo ello para conservar esa sensación tan adictiva que les proporciona la “apropioxina”. Su síndrome de abstinencia puede llevar al sujeto a todo tipo juramentos (que incumplirá), propuestas extravagantes, a asegurar recompensas de lo más bajas y rastreras y a retribuir favores que le aproximen o mantengan en el cargo para gozar, o seguir bajo de los efectos, de la toxina.

 

Los efectos más nocivos y graves de la “apropio”, como bien indica su nombre, se manifiestan en una incorporación al patrimonio del afectado de bienes y efectos que no le pertenecen y que, probablemente por su escasa capacidad, valía y preparación, jamás alcanzaría. Todo ello, llevados por esa sensación de divinidad impune, ajena a normas que, entienden, están pensadas para otros. Algunos casos sonados pretendieron darle nombre a la dolencia, si bien, tras el descubrimiento de la sustancia se desecharon “roldancia”, “pujolitis”, “rodriratio”, “síndrome ere” o incluso “Mal del Dioni”, habiendo adoptado una denominación impersonal que alcanza a más comportamientos y actitudes caracterizados por el desprecio al servicio público prometido, segundos después de acceder al mismo, y la actuación en beneficio exclusivamente propio.

 

En cuanto a sus causas y factores desencadenantes, la genética suele ser uno de ellos. Quienes han visto y vivido la situación y gozado de sus beneficios tienden a repetirlo como la violencia en los maltratados, salvo que también hayan sufrido el ingreso en esos centros de desintoxicación “penitenciarios” comentados antes. También se ha descubierto que es altamente contagiosa. El contacto o la relación continua con infectados, propicia y facilita su desarrollo y no es extraño que en grupos organizados como, por poner un ejemplo al azar, partidos políticos (de cualquier color, condición y creencia), se encuentre el mayor número de enfermos y también los más graves e irrecuperables.

 

Aunque la inmunidad total frente a la toxina no se ha descrito ni encontrado aún, pues parece que lleva conviviendo con la humanidad desde el principio de los tiempos, estadísticamente resultan menos propensas a sus nocivos efectos determinadas personas. Aquellos con firmes convicciones éticas y de servicio, gente trabajadora con sus propias preocupaciones, quienes mantienen sus promesas, los que empatizan con sus semejantes y los que progresan gracias a su preparación, dedicación y esfuerzo, son mucho menos dados a verse infectados. Mientras se encuentra la solución, el único tratamiento paliativo eficaz es a base de altas dosis de “honestina”, cuya composición constituye uno de los secretos mejor guardados por los laboratorios farmacéuticos y puede convertirse en su mayor fuente de ingresos en un futuro próximo dado lo extendido de la epidemia, siempre que no se impida su comercialización por parte de alguno de los altos cargos afectados que tiemblan sólo con pensar en verse curados.

 

Geográficamente el mal no tiene preferencias, si bien nuestro querido país es pionero en tan deshonrosa competición. Puede que la dieta mediterránea tenga algo que ver, puesto que se han descrito casos de extrema gravedad en Cataluña, la Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía, sin descartar otros igual de graves en Madrid, Valladolid y otras provincias.

 

En cualquier caso, los análisis ponen de manifiesto que el número de no infectados es mucho mayor, infinitamente mayor, al de afectados por la “apropioxina”, por lo que una solución debería venir de la mano de un rápido diagnóstico de la dolencia y el apartamiento inmediato del afectado de cualquier lugar y cargo en que pueda desarrollar sus efectos y, si fuera necesario, su ingreso hasta desintoxicación completa.

 

* Enrique Vila es abogado. Fundador del despacho Romiel y Vila Abogados

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1 Comentario
Fecha: Miércoles, 4 de julio de 2018 a las 07:44
Luis Escoda
Yo viví en una comunidad donde "esa infección" estaba contagiada y extendida simplemente "por simpatía" o sea, ignorantus supremun amigos de o simpatizantes de convertidos a fin de cuentas en encubridores de .

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