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JORGE BRUGOS
Domingo, 1 de julio de 2018

Soliloquios en el paraíso

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Noticia clasificada en: CATALUÑA

Mi padre siempre dice eso de que dos no discuten si uno no quiere. Circunstancia que se podría extrapolar a la situación que acontece entre el estado español y la autonomía de Cataluña. Región, no República, que ya es hora de que algún iluminado salga de la caverna platónica y deje de ver sombras para observar la realidad.

 

Existencia, que algunos independentistas se empeñan en ignorar mientras se resguardan en la gélida Narnia en verano y en la calurosa Matrix en invierno. Sea como sea, no quieren despertar, se resisten a abrir los ojos y a darse de bruces con la cruda verdad. Evidencia que denota la imposibilidad de la celebración de un referéndum bilateral entre el Estado y Cataluña. Por muy progresista que sea Pedro Sánchez, sabe que muchos de sus electores, y más si aspira a arañarle votos a Ciudadanos, renuncian a que el Estado y la Constitución sean colaboradores necesarios en el asesinato de la nación. País con una soberanía nacional que se vería considerablemente violentada de celebrarse ese añorado referéndum en el que piensan todos los secesionistas.

 

Votación, a la que deben, pero no quieren, renunciar. Quim Torra pide diálogo y entendimiento, pero sin ceder un ápice de su discurso. En toda negociación, como me enseñó mi buen amigo Carlos Rico, mediador internacional, debe haber concesiones por parte de los dos actores. Si uno acude a la realización de un acuerdo con prepotencia y sin ninguna intención de entender al interlocutor, como hace el President de la Generalitat, no hay diálogo, sino monólogo. Soliloquio en donde uno es el sujeto activo que somete al pasivo mientras este accede sin titubear y sin oposición a todas las peticiones de la negociación. Es incoherente querer sentarse a hablar sin renunciar al estigma que constituye el núcleo del conflicto. Me estoy acordando de aquel día en el que Joan Tardá, con su acento catalán extra-exagerado, como si fuera más catalán por alargar más las vocales, le dijo a Mariano Rajoy, “Referéndum o Referéndum”. Con esas formas se llenaba la boca con la palabra consenso sin apreciar que el comportamiento que su persona y en general el resto de independentistas, era de todo menos tolerante.

 

El consenso, consiste en encontrar una solución sin atravesar unas líneas rojas. Barreras, entre las que se encuentra la celebración del referéndum, concesión que no solo atenta contra la carta magna sino contra la integridad del territorio nacional. Hasta que los soberanistas no eliminen de su cabeza la idea de esa consulta, no habrá dialogo posible. Consenso, que es inexistente, y nunca se encauzará, porque el primero que no quiere dialogar es el señor Torra, osea se el alemán Puigdemont. Presidentes de la Generalitat, uno de paja y otro de hecho, que jamás han considerado al diálogo como una forma para solucionar la situación. Deriva xenófoba e intolerante, que llevó al señor Torra a marcharse cuando el embajador Pedro Morenés exponía la realidad de lo que ocurre en Cataluña. Tierra, en la que no solo no reside Puigdemont, sino muchos independentistas, separatistas que llevan tiempo ya en una realidad paralela que se llama de todas las formas menos Cataluña. Ficción en donde los políticos presos son presos políticos y los turistas llevan la etiqueta de exiliados.

 

Nube, de la que hasta que los indepes no se caigan, no habrá diálogo que valga. Hasta que no asuman las consecuencias de sus actos y asuman que la independencia no es viable, el Presidente de Gobierno de España y el President de la Generalitat no se pondrán de acuerdo.              

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