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RAFAEL SIMÓN GALLARDO
Sábado, 5 de mayo de 2018

Coged las rosas mientras podáis (6)

Guardar en Mis Noticias.

"¿Cuál puede ser una vida que comienza entre los gritos de la madre que la da y los lloros del hijo que la recibe?"

Baltasar Gracián

 

Marta salió muy cansada de toda la mañana en el motel, con la cara enrojecida y una sonrisa estúpida que reflejaba lo que había sucedido. Al salir, su compañero se quedó esperando una despedida, ella con un movimiento de cabeza le señaló que continuara, "ni que fuéramos novios", pensó.

 

Pasaron delante de la recepción, uno detrás de otra, en procesión, como si no se conocieran de nada, la recepcionista, observó a la pareja que huía mientras sonreía burlona. Marta deseó que no se hubiera dado cuenta de la sesión de sexo que había sucedido a pesar de que le costaba andar con naturalidad.

 

El salió disparado hacia su coche, sin volver la cabeza, a trompicones y con prisa, con la típica cobardía que caracteriza a los hombres después de este tipo de citas.

 

Marta, fuera ya del Motel, sintió una bocanada de aire fresco en la cara, aire reparador. Paró satisfecha, miró al Sol que circundaba ya alto. Decidió sentarse en la terraza de una cafetería y tomarse algo "un Martini rojo" pidió.

 

Se relajó sobre la silla, alargó las piernas notando lo calientes que seguían estando, le dolían un poco pero estaba satisfecha. Se cerró más el abrigo sintiendo el calorcito protector de la prenda. No pudo evitar revisar algunos de los momentos vividos horas antes, se descubrió a si misma en facetas que creía no tener, se reconoció como amante desinhibida y desvergonzada y reconoció un gran descubrimiento; el sexo por el sexo había sido muy satisfactorio.

 

Su mirada quedó encajada entre las nubes, eran blancas, alargadas, algodonosas, tamizadoras, relajantes e insinuadoras. Sin poder controlarlo, como hipnotizada, las intensas emociones del sexo de la mañana se disiparon dando paso a recuerdos mas antiguos.

 

Rememoró el deseo intenso de ser madre, no fue para ella un impulso humano incontrolado, tampoco una llamada de la selva, ni siquiera la causa fue porque el arroz estuviera pasado, "a mi el arroz no me gusta", se oyó decir complacida. Quiso ser madre porque era lo que había que hacer, porque le tocaba, por obligación, por turno y porque creyó conocer a la persona correcta para tal empresa. Es lo que su madre le había tatuado en la cabeza desde niña, desde siempre y con gran convicción.

 

Había ocultado todas sus dudas en lo más profundo de su ser antes de decidirse, casi tuvo la sensación de no haberlas tenido nunca. Las escondía de todos pero sobre todo, de si misma.  Después, con el devenir de los acontecimientos, reconocía su error y que sus sospechas tenían fundamento; ser madre no había mejorado su vida, ni su felicidad tampoco.

 

Recordó la emoción de la noticia de su primer embarazo, la lectura compulsiva de libros y revistas especializadas para ser una madre perfecta, la programación hasta la extenuación de todos los detalles concernientes a su gravidez, los ejercicios de preparación del parto acompañada de su solícito esposo entonces. La cuna comprada al primer mes con la completa seguridad de que todo saldría bien. Fueron acontecimientos vertiginosos, en torbellino que no le permitieron pensar, no tuvo tiempo para la reflexión aunque en esas circunstancias, reflexionar tenía el peligro provocar pánico y el arrepentimiento.

 

Vio las calles llenas de gente, de personas como ella, cada una con su vida, con nombres distintos, con su circunstancias.

 

Evocó la decisión de un nombre para su hijo que significara algo diferente; Adriano, Emperador romano nacido en Sevilla.

 

Los sonidos de las pisadas de los transeúntes le hicieron revivir las patadas durante la noche del feto, la expectación al sentirlas, la insistente petición de su marido en compartirlas palpándole la barriga con atención y evidenciando su desventaja, su segunda posición a partir de ese momento y para siempre después porque lo importante era ella y su futuro hijo. Su esposo nunca llevaría bien aceptar su destrone.

 

Se acordó de los últimos días de embarazo, llenos de miedo a explotar por la pesada carga de su vientre.

 

Memoró como el parto finalmente se presentó rotundo, sin introducciones, sin vergüenza y con cruel naturalidad, invalidante, rítmico y constante mientras Marta se abría en canal por un pequeño orificio y su retoño luchaba por salir y sobrevivir a través del mismo.

 

Durante los dolores, deseó no volver a follar nunca, no tener relaciones con su marido ni con ningún hombre. La balanza entre placer y dolor del embarazo y el parto no era equilibrada, entonces lo supo y lo tuvo claro, poco placer y mucho dolor, aunque con el tiempo consiguió olvidarlo.

 

Finalmente cesó el dolor. Se oyó un gemido seguido de un lloro y le acercaron a un pequeño con ojos cerrados, indefenso total, frágil y arrugado que acurrucó en su pecho mientras suspiró y deseó dormirse con el pequeño para recuperar y curar las heridas de los dos.

 

No entendió el motivo de tal recuerdo, pensó que era arrepentimiento, quizás fuera porque hasta esa mañana, siempre había unido el sexo a una transcendencia superior, al amor, y ese día, no había sido así, fue sexo por placer, por venganza, por inconfesable necesidad material de disfrutar y olvidar sin rastro alguno de espiritualidad.

 

Estas citas, se repitieron en muchas más ocasiones pero eso, eso fue otra historia.

 

* Rafael Simón Gallardo es médico y cuenta cuentos inveterado...

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1 Comentario
Fecha: Sábado, 5 de mayo de 2018 a las 11:31
Edith Touriel
Woaoooo!!! Es una maravillosa historia , por muchas vivida !!!! En cada línea un latido a tal intensidad que termina una con extrasistoles!!!!
Excelente !!! Habrá 2da parte ??? Da ganas de continuará....

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