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JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Martes, 13 de marzo de 2018

Escrito en un escupitajo

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Yo nací en la avenida de Alcoy en Alicante. Soy, pues, alicantino. Eso me hace automáticamente de la Comunidad Valenciana. Soy también español por nacimiento y por familia, y eso me hace ser europeo. Pero todo eso no significa nada en realidad. Yo lo que soy (al igual que todos ustedes) es un ser humano. Homo Sapiens Sapiens. Es decir, un animal. No es que yo sea un bruto (que a veces también) sino simplemente miembro de una especie animal. Una de tantas.

 

Y como miembro del reino animal llevo escrito en mí la evolución de la especie. Dentro de cada una de mis células hay una relación de la historia de mi particular rama familiar. Ya estaba allí escrito cuando nací si tendría los ojos oscuros o claros, el pelo liso o rizado, si podría doblar la lengua, si tendría percepción espacial, oído musical, síndrome de Down, pies planos o si la diabetes me jodería, o no, la vida. La mayoría de esa información me la transmitieron a medias mis padres, tanto monta, monta tanto y algunas mínimas alteraciones se produjeron en las instrucciones para crear esta forma de vida única que yo llamo "yo". Y no hay por ahí nadie igual que yo. Mis hermanas comparten mucha de esa misma información pero yo no puedo chuparme el codo como mi hermana Sonia o recordar cosas de cuando tenía cuatro años como mi hermana Elena. Ellas son, también, únicas. Cuando piensas en ello, lo de ser español, catalán, europeo o de Algete se convierte solo en una circunstancia cultural. Yo sería igual de alto si fuera de Orense, dibujaría igual si fuera francés y mi barba sería igual de canosa si mi pasaporte fuera australiano. Siempre que mis padres hubieran sido los mismos.

 

Sin embargo tampoco mi "yo" es tan diferente al "yo" de cualquier persona. Resulta que usted y yo compartimos el 99'9% de información genética. Sólo ese 0'1% conforma al individuo: el resto es especie animal.

 

Pero lo más acojonante es que de los millones de genes que tenemos, el 96% de ellos también los tienen los chimpancés. Normal, somos primates. Pero, ¿y un gato o un ratón? el gato comparte el 90% de los cromosomas con el ser humano y el ratón, un 85%. Pero para lo que casi nadie está preparado es para saber que un plátano comparte un 60% de código genético con un ser humano. Un plátano y Harrison Ford ¡son iguales en un 60%!

 

A mí lo de los genes y el ADN siempre me ha fascinado, no sé a ustedes. Me parece increíble que todo esté ahí, escrito en una gota de sangre, en una humilde célula de nada. Y que se pueda saber de dónde vienen tus ancestros es algo que me produce una curiosidad enorme. Por eso me hice uno de esos tests. Te mandan un kit muy cuco a casa, escupes en un tubito y lo mandas a gastos pagados. Después de cuatro o seis semanas recibes un email con los resultados.

 

Yo, que quieren que les diga, abrí la página con dedos temblorosos y una mezcla de ilusión y respeto, como el que abre un incunable del siglo XV; como el que se asoma a la historia de su familia, de centenares de generaciones, de la propia humanidad. Y así descubrí la verdad sobre mi pasado. Pasen y vean.

 

La historia de cómo llegué yo a existir empieza hace unos 275.000 años en el este de África. Allí vivió un hombre del que no sabemos ni cómo era, ni si tenía nombre, ni como hablaba, ni cómo fue su vida. Pero de entre todos los hombres que vivieron antes que él, de todos los que vivieron junto a él, ese hombre solo, no otro, es mi primer antepasado conocido. Dejó su huella genética en su descendencia, que ha llegado hasta mí. Lo mejor de todo es que no es solo mi ancestro: es el padre de todos nosotros. De todas las personas que hoy viven en la Tierra. Da vértigo pensarlo, ¿eh? Todos, absolutamente todos, descendemos de él. Julio César, Pocahontas, Hitler, Marie Cuire, Bob Marley, Mozart, Mao Tsé Tung, San Agustín, mi amigo Juanjo, Beyoncé, usted y yo. Todos.

 

Y si pudiéramos, todos nosotros, seguir hacia atrás miles de generaciones, descubriríamos que todos descendemos también de una misma mujer que vivió en la misma zona hace entre 150.000 y 200.000 años. Solo sus descendientes se diversificaron y sobrevivieron para extenderse por todo el mundo.

 

A partir de ahí, los diversos grupos humanos se diversificaron, hasta dar como resultado la increíble diversidad de formas, colores y culturas que podemos ver hoy. Después, hace 76.000 años, algunos seres humanos salieron de África y se diversificaron. Mis ancestros cruzaron a la Península Arábiga y de ahí a Europa. Lo sé por algo en mi ADN que se llama haplogrupo E, concretamente el E-M183, que se remonta a un hombre que vivió hace 960 generaciones, o sea 24.000 años. (Un haplogrupo es algo muy fácil de entender, ya verán: es un grupo grande de haplotipos, que son series de alelos en lugares específicos de un cromosoma. Claro como el agua ¿no? Yo me quedé igual).

 

También puedo trazar el viaje de miles de generaciones que hicieron mis antepasadas desde el este de África hasta Europa porque tengo el haplogrupo U5b1c, uno de los más antiguos de Europa y que me lleva a una abuela que tuve hace “solo” 15.500 años, cuando los hielos se empezaban a retirar hacia el norte y los homo sapiens colonizaban nuevas tierras.

 

Pero hay algo más escrito en mi ADN. Trazas de otra especie extinguida que se cruzó de forma normal con los Sapiens: los Neandertal. Concretamente hace unos 60.000 años mis antepasados Sapiens se corrieron alguna juerga con Neandertales y por ello en mis secuencias genéticas hay exactamente 282 variantes Neandertal, algo más de lo normal en todos los humanos modernos excepto los subsaharianos, que se mezclaron mucho menos con ellos.

 

Todo eso está muy bien y es increíblemente flipante si eres un friki del pasado y de la historia pero donde se pone de verdad interesante es en el pasado reciente y en la comparación genética de tus ancestros más “recientes”, es decir, la que te muestra que no existen los purasangres. Cojan un mapa y observen mi caso.

 

Soy un 99,1% europeo y un 0,8 del norte de África u Oriente Próximo (desde Marruecos hasta la Península Arábiga). Lo normal en un español. Es en el detalle de ese 99,1% europeo donde salen las sorpresas. Mi ADN revela que soy un 7,1% británico/irlandés, un 2,7% italiano, un 0.2% francés/alemán y un 0,1% finlandés. El 10% restante se divide en un 4,8% del noroeste de Europa en general, un 4,3% del sur de Europa en general y un 0.95 indeterminado. Grinch, quizás. Sé ahora, igualmente, que no tengo nada del este de Europa, de judío Ashkenazi o de melanesio (cosa que ya me olía yo, por otro lado).

 

Durante los últimos 200 años todos mis antepasados fueron ibéricos (españoles o portugueses) pero uno de mis trastatarabuelos (o como se diga) fue un británico o irlandés nacido entre 1760 y 1850. Teniendo en cuenta que a principios del siglo XIX España era el escenario de la Guerra de Independencia en la que luchaban ejércitos enteros de británicos (ingleses, irlandeses, galeses y escoceses juntos) contra los franceses de Napoleón, es fácil entender que alguna de mis antepasadas se hizo más que amiga de algún soldadito de casaca roja. En total, entre 1700 y 1820, gente de Italia, del norte de África, del centro de Europa y de Finlandia (el más antiguo) mezclaron sus genes con mis antepasados ibéricos. Qué coño hacía por aquí un finlandés en el siglo XVIII es algo que se me escapa.

 

Y así, de repente, me encuentro con 1.104 parientes nuevos. Ese es el número de personas que han hecho el test en el mundo y que comparten muchos de mis genes. Ninguno en primer ni segundo grado pero si primos en tercer y cuarto grado. Y los tengo por todas partes, no se crean: 725 en los USA, 390 en las Islas Británicas, 365 en la Península Ibérica, 235 en Italia, 25 en Canadá, 10 en Australia o 5 en Brasil, por poner un ejemplo. Eso solo indica en qué países la gente hace más tests de ADN, me imagino. Hay un tal Antonio B. con el que comparto el 44% de los genes, ni más ni menos: tenemos un bis-tatarabuelo común.

 

La conclusión lógica de toda esta maravilla científica es que llevamos en nuestro interior la historia de la humanidad, de nuestra especie. Y que el racismo no es solo incultura, sino estupidez en grado máximo. Está ahí, escrito en nuestras células, que solo hay una raza que, de una u otra forma, todos somos parientes y que eso es algo fácil de ver cuando un ser humano mira a otro, a solas, a los ojos.

 

Está escrito en un escupitajo que el “yo” es solo el 0,1%. El 99,9% es “nosotros”.

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