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JORGE BRUGOS
Lunes, 12 de marzo de 2018

Hominum animalium

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Teriomorfismo, término que hace referencia a la transformación de un ser humano en un animal de forma total o parcial, podría también englobar no solo a la forma literal de dicho vocablo, sino también de modo metafórico. Porque desgraciadamente, en nuestra sociedad, en nuestro mundo, algunas personas, víctimas del dominio de su pasiones e instintos salvajes, dejan de ser seres humanos y se convierten en animales, en depredadores que actúan por placer.

 

Los asesinos en serie, los verdugos del demonio, ya no son humanos, son bestias. Como en la película "El silencio de los corderos", protagonizada por el asesino caníbal Hannibal Lecter, estos desalmados disfrutan matando y viendo como la sangre de sus víctimas deja un reguero de sangre tras de sí. Ese líquido rojo es su firma, la señal que manifiesta su poder, el sino de sus acciones, causar el máximo daño posible. Dolor y muerte, que no solo se le infringe a la víctima directa, sino también al entorno de esta, a sus familiares, amigos, allegados… Acciones, que como he dicho, tienen el único objetivo de ensañarse con el damnificado mientras el autor del crimen se recrea con cada cuchillada asestada y con cada gota de sangre derramada.

 

En otras ocasiones, como ha ocurrido en el caso del pequeño Gabriel, no hay sangre, pero si hay muerte. Crimen cometido presuntamente no solo por una asesina, sino también por una actriz, una mujer hollywoodiense que parece haber aprendido en las mejores escuelas de interpretación el arte de la lagrima de cocodrilo, ese pesar fingido por la víctima mientras lo tenía escondido en un pozo. Cinismo, que demuestra su frialdad, su falta de empatía y escrúpulos. Conciencia, que nos diferencia del resto de animales, parte racional que nos hace ser lo que somos, seres humanos. Elemento, que, al desaparecer de nuestro ser, nos rebaja a meros animales. Hace que bajemos un escalón en la pirámide de la creación, y dejemos de ser personas. Las pasiones nos controlan, y la mente deja de ser nuestro timón. No meditamos él por qué y las consecuencias de los actos, simplemente nos dejamos llevar y damos rienda suelta a la voluntad. Si me apetece asesinar, busco un objetivo, empuño el cuchillo y sin pensar, actuó. Si estoy excitado, voy a un lugar alejado y espero a que una mujer vulnerable y solitaria acechada por la oscuridad de la noche se acerque para así poder saciar mis ganas de fornicar. Sin sentido común, sin conciencia, somos animales. No hay nada que separe al que asesina fríamente, con la leona cuando va a cazar. O de la manada, (¿Les suena?), de sementales que aguardan a la llegada de las hembras para procrear.

 

Animales, que, en muchas ocasiones, han olvidado lo que es vivir en sociedad. Asesinos y violadores, que deberían pasarse toda la vida entre rejas. Y sí, estoy apoyando la prisión permanente revisable, recurso penal, indispensable para que se haga justicia. Si yo mismo lloré las muertes de Diana, de Marta y de Gabriel, cuantas lagrimas no habrán derramada sus padres.Seguro que ya no les quedara liquido en los ojos…

 

Hagamos justicia, no cometamos el error de salvar a los que no merecen ser socorridos. El que la hace la paga. Porque no somos animales, somos personas, y debemos pensar en las consecuencias de nuestros actos. Así que, señores del PSOE, de Podemos y del resto de fuerzas políticas buenitas y ultra progresistas, les pido que mediten los efectos que tendrá la derogación de la prisión permanente revisable. Porque esto no es política, no es cosa de partidos, es justicia.             

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