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JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Lunes, 5 de marzo de 2018

Cálida y entrañable mentira

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Entro en la iglesia en silencio. El templo está en penumbra. No hay ni un alma (observen el agudo doble sentido) y así es como me gusta. Solitaria y vacía. Recorro las naves observando los cuadros, los trípticos, las estaciones del vía crucis, las estatuas. Paso la mano por la madera de los confesionarios, por las columnas que se abren, a lo alto, en arcos de medio punto u ojivales. Alzo la mirada hacia las altas vidrieras intentando desentrañar los mensajes, las historias. Juego a adivinar los estilos y los siglos en los que fueron realizados, los materiales y las técnicas: eso es un tríptico de estilo gótico, siglo XIV, aquello una talla románica en madera, siglo XII o XIII, esto un cristo yacente barroco, quizá siglo XVII. Intento leer las lápidas funerarias del suelo: “Corpus ibi tegitur nobis in pace sepultum” o aquella que me impresionaba por su sencillez: “Pulvis, cinis et nihil”. Polvo, cenizas y nada.

 

Puede que la religión sea un cáncer pero sus cicatrices en forma de edificios suelen ser maravillosas. No importa si es una pequeña ermita de pueblo, con seis bancos y dos cuadros, o una catedral gótica de cinco naves y retablo barroco. La sensación siempre es la misma, íntima y apacible. Siento, una vez más, la envidia sana, el deseo íntimo de abrazar las leyendas, las formas, las imágenes del dios de mi infancia. Disfruto con las imágenes de aquel que dicen dio la vida por todos nosotros a pesar de saber (la razón lo sabe) que es todo un artificio. A pesar de conocer el periplo humano de los escritos sagrados, de sus añadidos, malas traducciones y recortes a lo largo de la historia, añoro la sensación de conocerlos desde siempre, la conocida música de sus sentencias, parábolas y consejos. ¿Es más feliz la gente de fe? Esa pregunta me ha perseguido desde que perdí la mía en la mismísima infancia. ¿Es ético, es moral, es humanamente lícito tener esperanza en algo más, aun cuando el sentido común te dice lo contrario? ¿Cómo guardar la fe de la perniciosa luz de la razón? ¿Puede uno hacer como que cree, obligarse a creer, fingir la fe? Es decir ¿se puede abrazar solo el rito, la liturgia, sin creer en ello de verdad?

 

Yo he tenido la suerte de recorrer muchas veces, por ejemplo, la catedral de Santiago de Compostela que es una maravilla arquitectónica además de un templo católico de primer orden, como saben. Las impresionantes medidas del edificio románico solo son visibles desde el interior ya que los añadidos de siglos posteriores (renacentistas y barrocos) han desfigurado su primigenia planta de cruz latina. De todos sus rincones el que más me gusta no es el más majestuoso; no son sus gigantescas columnas, o sus capillas de todos los estilos, o su altar mayor lleno de tallas doradas. Es la pequeña capilla de Santa María de la Corticela, al lado de la puerta norte, románica, austera, simple, maciza. Hay algo raro en ella en cuanto la ves porque parece una pequeña y viejísima iglesia dentro de la catedral. Y así es: su pórtico románico una vez estuvo al aire libre. Fue una capilla construida nada menos que en el siglo IX, justo al lado de la primitiva iglesia de Santiago. Cuando esta creció convirtiéndose en una catedral gigantesca, Santa María de la Corticela quedó dentro de sus muros, adosada en su esquina. Y allí sigue, doce siglos después, 1200 años, que se dice pronto.

 

No creo en los dioses, todos ideados por el hombre a su imagen y semejanza. Sé que aparecen y desparecen con las culturas y sociedades que los crearon, los adoptaron y los adaptaron. No comparto tampoco la cortedad de miras, la anquilosada actitud de la Iglesia con mayúsculas. Nada va a cambiar eso. Pero ese dios, esa Biblia llena de cuentos, de asesinatos, de venganza, de lujuria, de apariciones, de guerras y de catástrofes, ese terrible Levítico, esas imágenes del Apocalipsis (¿qué se habría fumado el tal Juan?), ese Jesús medio hippy, esas frases que repetíamos sin entender lo que decíamos, todo eso forma parte del pasado feliz de la infancia y como tal es bienvenido a la memoria. Mi mente creció, borrando por el camino la superstición pero dejando en una esquina de mi cerebro, entre cuatro pequeñas paredes, cual minúscula Santa María de la Corticela, el recuerdo de aquellos días. Y es por eso que adoro las iglesias (hoy estoy que me salgo con los acertados juegos de palabras).

 

Y sé que no hay nada más, que algún día seré polvo, cenizas y nada. Y que todas aquellas cosas nunca serán fe ni dogma en mi cabeza pero sí recuerdo amable al que regresar.

 

No serán verdad para la razón pero sí cálida y entrañable mentira.

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 8 de marzo de 2018 a las 08:33
rafa simón
quiero agrdacerte el placer que ha supuesto leerte, compatir tu tema y recordar cosas que había olvidado. Gracias por escribir tan acertadamente, un abrazo, rafa.

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