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JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Viernes, 23 de febrero de 2018

Una de espías

Guardar en Mis Noticias.

Estaba yo en la barra tomándome una caña mirando las noticias en la tele, observando a nacionalistas y comunistas ir, una vez más, hacia la cloaca de la Historia (esta vez curiosamente juntos en Cataluña), cuando oigo detrás una voz profunda, varonil, casi de anuncio, que dice:

 

- “Un vodka Martini, por favor”

 

“Coño –pensé– como diga ‘mezclado, no agitado’ va a ser el mismísimo 007”. Me volví disimuladamente para descubrir con enorme decepción, no a un James Bond, sino más bien a un Alfredo Landa. Y encima con un polo de rayas horizontales, en plan Picasso o marinero del acorazado Potemkin. “Joder, qué poco te pega esa voz, colega”, pensé mientras le sonreía educado. “Tienes la misma pinta de agente secreto que yo de jockey noruego”.

 

El caso es que después lo pienso mejor y me digo a mí mismo que sí, coño, que esa debe ser la pinta de un agente secreto, y no la de un tipo con elegante esmoquin, cara de duro, un vodka-Martini en una mano y la otra en el bolsillo de la chaqueta. No me jodas. Tú ves eso y dices: “mira, un agente secreto”. Pero ves a “mi” Alfredo Landa y dices: “mira, un corredor de seguros” o “mira, un vendedor de coches”. Y no se te pasa por la cabeza que sea un agente secreto. Con esa cara. Pues así debe ser un agente secreto: secreto. Y no ir gritándolo al mundo al volante de un Aston Martin DB6. Seguro que mi Alfredo Landa conduce un Seat.

 

¡Qué envidia que los ingleses tengan semejante icono y nosotros no! No nos suena igual de bien “Pérez, Pedro Pérez” que “Bond, James Bond” porque casi todo en inglés nos suena mejor. ¿Se imaginan al agente Pérez “al servicio de la Monarquía Constitucional”? Qué poco glamour, joder ¿no? Pues no se dejen embaucar vuesas mercedes por la propaganda anglosajona porque aquí, en este país llamado Ejpaña, tuvimos un espía de los buenos de verdad. Y con mucho garbo, ya verán.

 

Le doy un trago a la cerveza. Vuelvo a mirar al pseudo Alfredo Landa y la palabra que me viene a la cabeza es “normal”. Te lo cruzas por la calle y ni lo ves. Como a nuestro protagonista.

 

Alto no era, ni guapo. Ni fu ni fa. Vamos, del montón. Justo lo ideal para pasar desapercibido. Y mientras James Bond (alto y guapo) ha salvado al mundo en incontables novelas y películas, desviando satélites, desmantelando organizaciones malísimas de la muerte, saltando de edificios, helicópteros, aviones, lanchas ardiendo y submarinos agujereados, nuestro protagonista prácticamente salvó al mundo civilizado durante la Segunda Guerra Mundial sin moverse de un piso en Lisboa, con dosis de morro, imaginación y cojones a partes iguales.

 

Este muchacho del que les hablo se llamaba Joan Pujol, era catalán de Barcelona, de buena familia y le tenía ojeriza a los nazis de Hitler y a los comunistas de Stalin, los dos grandes hijueputas del siglo XX. Como no había internet y no se pasaba el tiempo viendo videos de youtube ni mandando fotos al whatsapp, al bueno de Joan no se le ocurrió otra cosa que presentarse en la embajada británica en Madrid y ofrecerse como espía “para ayudar a la humanidad”. Pasaron mucho de él, lo que no desanimó a Joan que se presentó entonces en la embajada alemana con la intención de hacerse agente doble: se propuso hacerse espía alemán para mandarles información falsa. Se convirtió en agente secreto independiente. Un espía autónomo, vamos.

 

Una vez que los ingleses se dieron cuenta de lo bueno que era Pujol desinformando a los nazis decidieron ficharle. Le dieron el nombre clave de “Garbo”.

 

Mandaba a los nazis nuestro espía (desde Lisboa pero diciendo que estaba en Londres) informes de movimientos de barcos mercantes y tropas sacando la información de periódicos, de la biblioteca y de una guía turística británica. La de mentiras que tuvo que inventarse este hombre para convencer a los alemanes de que estaba creando una red de agentes leales. Cuando una vez sus superiores alemanes le preguntaron cómo su agente en Liverpool no había informado de cierto movimiento de tropas, Joan, tuvo que “fingir” la enfermedad de dicho agente e incluso llegó “matarle” y publicar una esquela en un periódico local. Los nazis no solo le creyeron sino que pagaron una pensión a la viuda del agente “muerto”.

 

Pero por lo que Garbo es conocido es por sus impresionantes informes avisando a los nazis, justo antes de la invasión de Normandía el día D, de que en el sur de Inglaterra esperaban 25 divisiones de infantería americanas más, lo que hizo creer a Hitler que lo de Normandía era un señuelo y que la verdadera invasión se produciría en Calais. Esas divisiones de infantería no existían, por supuesto. Todo el mundo sabe lo que pasó después.

 

Joan Pujol era tan bueno que los alemanes nunca supieron que se la había jugado: le concedieron la Cruz de Hierro por sus servicios mientras los británicos le concedían nada menos que la Orden del Imperio Británico. Es la única persona (que yo sepa) condecorada por los dos bandos en la Segunda Guerra Mundial.

 

Sobrevivió a la guerra y se marchó a Angola donde fingió su muerte de malaria. De allí viajó a Venezuela, rehízo su vida y murió tranquilamente en 1988 a los 74 tacos.

 

Si lo que quería era el anonimato tuvo suerte: era español y aquí no tenemos héroes (a no ser que le den patadas a un balón). De haber sido británico habría estatuas suyas en alguna plaza de Londres y si hubiera sido americano, Hollywood nos lo hubiera metido por los ojos una docena de veces.

 

El caso es que me termino la cerveza y casualmente me presentan al que yo llamaba Alfredo Landa, que resulta ser comercial de vinos y cliente habitual, y que no se llama Alfredo sino Jaime, Jaime Lazo.

 

Solo cuando estoy de vuelta en casa me doy cuenta de que “Jaime Lazo” se puede traducir al inglés como… James Bond. Hay que joderse.

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