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RAFAEL SIMÓN GALLARDO
Martes, 30 de enero de 2018

Nido vacío

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Oigan ustedes, mis hijos se han ido y se están yendo de casa, me entristece y alegra a la vez. He pensado y escrito sobre el tema y abajo siguen líneas llenas de pasión que me encantaría compartir con ustedes.

 

Recuerdo que cada día, cuando abrazaba a mis hijos hace años, pequeños los dos, al verlos jugar de lejos, al compartir con ellos los alimentos, al bañarlos con agua y con juegos, al secar sus lágrimas y acallar sus lloros, abría mis ojos, apretaba mi mandíbula y me preparaba para protegerlos del frío y del fuego, quería que pensaran que la vida era como la que tenían en casa, para que conocieran muy tarde, lo más tarde posible lo que fuera de ella pasaba.

 

Sabía que con el tiempo descubrirían que el mundo no es un hogar y conocerían que la vida duele pero nosotros  intentabamos que lo aprendieran tarde, que siguieran siendo felices rodeados de la luz y del color, del amor y la  paz reinantes en casa.

 

Queríamos evitarles conocer que la gente que aman también muere. Que no se muere solo en las películas, que la ficción es espejo de la realidad pero muy edulcorada, no deseabamos que conocieran que la mayoría de mentiras van vestidas de verdades, que el miedo es la única enfermedad incurable que te impide vivir, les ocultabamos que su madre y yo somos imperfectos, llenos de defectos que disimulábamos eternamente mientras el mundo fuera, seguía siendo cruel.

 

El problema fue que tanto les amamos entonces que por ellos mantuvimos en lo posible el teatro de su infancia. Todo bien así, iban creciendo, arropados, protegidos, apartados del ruido exterior, rodeados de música, literatura, sueños, poesía y cuentos.

 

Un día, triste día, los vimos cómo miraban las ventanas deseando el mundo exterior, oimos cómo cerraban las puertas de sus cuartos y nuestra casa ya no era cómoda, era incluso aburrida y pequeña para ellos. Se sentían en una cárcel, la curiosidad les servía de acicate para salir y todo lo de fuera era nuevo, apasionante luminoso y mejor que nuestro hogar.

 

Por las noches oíamos el ensayo de sus alas. En ese momento nos asaltó la duda de si habíamos hecho lo correcto. ¿sabrían vivir fuera?

 

Después tuvimos que aceptar su marcha, hecho para el que no estábamos preparados. La casa se quedó muda, silenciosa. La mesa no cubría todos los huecos, viviamos de recuerdos, de sus recuerdos. Nos obligaron a aprender a vivir otra vez solos, ahora sin ellos, otra vez en pareja... nido vacío como en un principio. Pasamos de padres a pareja otra vez. Estoy pensando muy seriamente, volver a declararme a mi esposa incluso tengo miedo a que me diga "no". Ya les contaré.

 

* Rafael Simón Gallardo es médico y cuenta cuentos inveterado...

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