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JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Domingo, 31 de diciembre de 2017

Lo importante

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Esta historia real ocurrió en Torrevieja, una tarde de otoño. El cielo estaba tan gris como mi ánimo cuando pateaba las calles en busca de bares. No buscaba bares para tomarme unas cañas; trabajaba yo entonces vendiendo maquinas de tabaco o, más bien, intentándolo con escaso éxito. Todo el mundo tenia ya una máquina de tabaco y, a pesar de que las nuestras eran evidentemente las mejores, a la gente no le apetecía gastarse una pasta en una maquina nueva. Y con razón. Lo malo de eso es que yo me pasaba los días gastando sonrisas y derrochando simpatía para nada. Maldecía yo mi suerte y me hundía en la depresión del que lo intenta y no lo consigue. A esas alturas ya sabía que no podría comprarme un Mercedes G ni un chalet en Muchamiel si seguía así y eso me llenaba de desesperación y tristeza.

 

Era, como digo, un día de otoño a medio día. En el último bar ni me habían querido atender así que arrastraba mi mal humor y mi asco a la vida por calles desconocidas. Y entonces me crucé con ellas a la puerta de su casa.

 

El edificio de tres plantas era viejo y cochambroso, la pintura desconchada por la humedad y las ventanas de la planta baja cerradas por rejas de hierro oxidado. Allí, justo a la entrada del portal, una señora de unos setenta años, pequeña, flaca y arrugada, con una sonrisa y unos ojos tristes como nunca he visto, me dijo:

 

- "Perdone, ¿me podría ayudar a subir el escalón con la silla?"

 

Entonces reparé en la silla de ruedas del portal y en la chica sentada en ella. Tendría entre veinte y treinta años y, aunque ignoro cuál era su enfermedad, saltaba a la vista que no podia moverse. Sus miembros se doblaban en posiciones inverosímiles y su cabeza caía hacia un lado. Parecía sonreír.

 

Era el escalón de acceso al portal el que tenían que salvar para entrar, así que con un "cómo no" agarré aquella silla, le di la vuelta y la introduje sin esfuerzo. Cuando la señora me daba las gracias con aquella sonrisa que partía el alma, me di cuenta de que no solo no había ascensor sino que había una escalera con al menos ocho o diez escalones.

 

- "Perdone señora pero ¿cómo va a subir usted esa escalera?"

- "No se preocupe: siento a la niña en ese taburete que tengo ahí y subo la silla. Después bajo y subo a la niña"

 

Yo a esas alturas tenía un nudo en la garganta que casi no me dejaba hablar. ¿Cómo iba esa mujer a subir el peso de una chica adulta? ¡Si parecía a punto de romperse!

 

- "¿Me permite que la ayude?"

- "No, no quisiera molestar..."

 

A pesar de sus (débiles) protestas, cogí a la chica con un "hola" en brazos y subí por aquellas escaleras con bastante esfuerzo. Los ojos de la chica fijos en mí y yo mirando al frente para no mirarlos, incómodo. La chica estaba meada y oí que me decía "lo siento". "Nada mujer" le contesté.

 

La habitación tenía una mesa con sillas, una cama y un frigorífico, todo junto, todo viejo.

 

- "¿Quiere usted tomar algo? Ha sido usted tan amable...¿quiere un café?..."

- "Oh no, no se preocupe. Estoy trabajando y ya llego tarde" -mentí.

- "¿Cómo se llama usted?"

- "Juan Antonio"

- "Es usted muy buena persona Juan Antonio, ojalá todo le vaya muy bien"

 

Murmurando un "hasta luego" salí de allí lo más rápido que la educación me permitió y no volví la vista hasta doblar la esquina. Allí me paré contra la pared, incapaz de contener el llanto. Recuerdo que encontré el coche, sequé como pude mi mano y salí de allí con la cabeza dándome vueltas.

 

Lloré cuando salía de Torrevieja, lloré por la Mata, por Guardamar, por la Marina y por Santa Pola. Lloré entrando a Alicante.

 

Muchas veces he recordado aquello. Y me costó mucho tiempo tragarme aquel nudo de tristeza y vergüenza que me atenazaba el alma. Tristeza por la mala suerte de algunos. Vergüenza por maldecir mi suerte, por pensar que el Mercedes G y el chalet en Muchamiel eran lo importante.

 

Vergüenza por no haber aceptado aquel café, probablemente la invitación más sincera que me habían hecho nunca.

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