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ENRIQUE VILA
Miércoles, 8 de noviembre de 2017

Un bobo, dos bobos, tres bobos

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Noticia clasificada en: CATALUÑA

Quién, por encima de cuarenta primaveras, no echa de menos aquellas tardes de pre-adolescencia en que llegabas del colegio a casa sin extraescolares. Entonces eran sota, caballo y rey: música, idiomas y deporte. Hoy se han sofisticado: calvicordio eléctrico, seguridad informática en redes sociales, cocina libanesa en el Alto Jalance o managment coaching master standing.

 

Te sentabas frente al televisor a disfrutar de su programación, desproporcionado bocata mediante. Un Globo, dos Globos, tres Globos, la Luna es un globo que se me escapó…, la Tierra es un globo en que vivo yo.., Pepita Pulgarcita, (¡espita gorgorita, lo que se da no se quita, conviérteme en pepita pulgarcitaaaaaaaaa!), y su amigo, el cuervo Viriato; Planeta Imaginario con su inolvidable banda sonora (Arabesque nº 1): y, cómo no, imprescindible Barrio Sésamo con Espinete, D. Pimpón, Chema y cía, Epi y Blas, el cocinero Busky Busky persiguiendo a la gallina, Triki el mostruo de las galletas y el único, inigualable e irrepetible Coco. ¡Qué divina inocencia! ¡Qué maravilla de niñez alejada de otra responsabilidad que la de ser feliz!

 

Quizá porque mi niñez sigue jugando en aquella playa (escondida tras las cañas), recuerdo con nostalgia aquellas explicaciones, tan básicas pero tan útiles. Dentro y fuera, arriba y abajo, bueno y malo, etc... Es evidente que más de uno se las perdió o las ha olvidado. No se puede estar dentro y fuera o arriba y abajo al mismo tiempo. No se puede querer a la infancia y agredirla.

 

Muchas mañanas, temprano y mientras me pasea mi perra, veo niños (y niñas, vale) pequeños preparados para otra jornada de felicidad, de irresponsabilidad y juegos con esas miradas claras aún no contaminadas de la inmundicia adulta. Casi sin darme cuenta se me dibuja una media sonrisa estúpida en la boca como el día que vi “La Rosa Púrpura del Cairo”, cualquier episodio de “Luz de Luna” o tras el último sonido de campañitas de “Qué Bello es Vivir” cada Navidad, cuando el ángel Clarence ha ganado sus alas y vuelve a su casa celestial triunfante, mientras George Bailey se abraza a Mary llorando de felicidad.

 

Todo tiene un límite. Hasta el acto más cruel de la humanidad, las guerras, tienen sus reglas que diferencian al ser humano de las bestias salvajes, capaces de devorar indefensos cachorros con tal de provocar un nuevo celo en la hembra de la especie, sin remordimiento o piedad alguna. No todo vale con tal de alcanzar un fin, salvo para alimañas y fieras. A esta altura moral, mejor dicho, mucho más bajo, se colocan quienes usan o han usado a niños como arietes y armas durmientes. Algunos continúan.

 

¡Fuera caretas!, ¡Alto y claro!. Es ruín, rastrero y aberrante que un programa infantil de la pública e imparcial TV3 se permita hablar de “presos políticos” a los niños. Es lo más bajo y malvado que se puede imaginar y propio de sociedades que reducen a parte de su población al rango de herramientas. Es intolerable, es maléfico y mezquino. No es innoble porque quien lo hace carece del requisito previo, pero sí es amoral. La amoralidad es una categoría muy inferior a la inmoralidad porque el inmoral conoce de la existencia de normas éticas y se la chufla; el amoral ni siquiera sabe que haya reglas de comportamiento aunque, igualmente, se la trae al pairo.

 

Es despreciable que aquellos que tienen la obligación de cuidar, instruir y enseñar a pensar, prostituyan su cometido y adoctrinen en el odio y el enfrentamiento los vírgenes discos duros que les confiamos. Esos maestros que cargan programas odio. O sin pudor y, sobre todo, sin inmediatas consecuencias como la inhabilitación a perpetuidad. Que en plena y encarnizada lucha contra el bullying escolar, se permiten señalar a los hijos de policías y guardias civiles enfrentándolos a sus compañeros. Olvidan que los niños no conocen la maldad si no se les muestra y, cuando se hace, se les priva de una parte esencial de su bendita infancia. Quien así actúa poco o nada se diferencia del que coloca un kalashnikov en sus manos y lo echa al ruedo de una lucha en que, ni deben de participar ni entienden.

 

Solo desde el más absoluto fanatismo y amoralidad se puede poner en riesgo a cinco niños de menos de tres años y cortar una calzada (c-32, Mataró). Con absoluta independencia de lo que se quiera reivindicar aunque fuera la causa más noble y honesta de la historia. A los niños se les protege, se les cuida, se les atiende y se les ve, con tristeza y estoica resignación, como se transforman en jóvenes al tiempo que van perdiendo la limpia mirada que nunca ha de volver.

 

No se puede cimentar en lodo. Solo las sociedades más sórdidas y sucias permiten tales desmanes o miran hacia otro lado.

 

Nosotros no somos así ¿o sí?

 

*Enrique Vila es abogado. Fundador del despacho Romiel y Vila Abogados

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1 Comentario
Fecha: Lunes, 13 de noviembre de 2017 a las 11:29
rafael simon gallardo
Excelente artículo, compañero... he disfrutado mucho leyéndolo... te acompaña la razón, el recuerdo y la poesía...

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