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JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Miércoles, 8 de noviembre de 2017

Una palmera llamada Futuro

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Se alza, majestuosa y solitaria, en una rotonda en Playa Blanca, Lanzarote. No está en el medio sino a un lado, absurdamente esquinada en el círculo de picón negro y piedra volcánica. Es la única que queda de las cinco que un día poblaron tan humilde lugar, la última superviviente. Sus hermanas de jardín perecieron todas de la misma manera: arrolladas y desgajadas por el impacto de un coche conducido por algún ciego en dioptrías o en gintonics.

 

Y es que la rotonda de marras está al final de una recta, en bajada, en una calle poco iluminada que actúa como catapulta de locos al volante. Como vayas a más de 50, te la comes fijo. Cuatro veces un guantazo de cuidado ha destrozado alguna de las palmeras, quedando la rotonda cada vez con un “diente” menos, mellada irremediablemente y haciéndose cada vez menos visible. A un lado de la carretera se acumulan, arrugadas como papel aluminio, las señales de tráfico que también perecieron en cada uno de los choques, aun con el bloque de cemento que un día las unió al suelo.

 

No puedo dejar de pensar, cada vez que paso por allí, en el tiempo que le tomó a cada palmera crecer hasta los seis o siete metros de altura; la de abono, agua y cuidados que pondría el tipo del vivero que las plantó. Y las veces que el jardinero municipal se dejó las manos podándolas, instalando el riego por goteo, fumigándolas. Igual hasta tenían nombres: igual se llamaban Josefina, Maripuri o Alberto Manuel. Todo a la mierda en un segundo. Cras, boum, plaf. Esas palmeras que tanto tardaron en crecer ya no darán frutos.

 

Y es fácil ver en esa rotonda un símil de España, si lo piensan. Solo hay que cambiarles el nombre a las palmeras y llamarlas, yo qué sé, Sentido Común, Educación, Respeto o Memoria. Y más fácil aún es ponerle nombre a los coches que las destrozaron y a los conductores ciegos que los lanzaron hacia ellas. Probablemente la primera en caer fue Sentido Común, por ser una especie rarísima, en peligro de extinción, que recibe todos los golpes imaginables.

 

Educación, la más grande, que siempre hizo de pantalla delante de las demás, sucumbió al atropello, no de uno, sino de al menos seis diferentes coches: modelos como el LOECE, LODE, LOGSE, LOCE, LOE y LOMCE, con sus delirantes variantes territoriales, terminaron por echarla al suelo. Sus conductores, asesinos de la Cultura, siguen inexplicablemente en la calle en vez de pudrirse en el islote de Perejil atados a una cadena con bola.

 

Respeto no duró ni tres telediarios debido a que Educación ya no estaba y sufrió inmediatamente numerosos golpes que la mandaron, como dicen aquí, al carajo.

 

La caída de Educación y Respeto acabó por inclinar peligrosamente a Memoria, que permanecía agarrada precariamente por algunas raíces, hasta que los sucesivos golpes de coches tipo Nacionalista GTI (Gran Tontería Inventada) de variopintos colores, acabaron por derribarla.

 

Ni Educación ni Respeto ni Memoria darán ya sus frutos y al desaparecer solo dejarán el suelo seco y árido, y los agujeros de la mala educación, la falta de respeto y la estupidez.

 

Yo paso todos los días por esa rotonda y veo allí a la última palmera, todavía en pie, sana y verde pero en peligro. Y todos los días miro desde la distancia para asegurarme de que sigue allí y que ningún loco inconsciente y suicida se la ha cargado. Porque a esa palmera la llamo Futuro.

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