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JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Miércoles, 13 de septiembre de 2017

El barco de los fantasmas y los esclavos

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Aquel año empezó mal. Fatal, de hecho. Sin trabajo y sin ilusión decidí que estaba harto de mi vida y que me largaba del puto Alicante de una vez por todas. Me propuse, por fin, ir a buscarme la vida a Irlanda. Pero antes tenía una ilusión que cumplir: navegar. Me había picado el bichito del mar y no había forma de callarlo así que, ni corto ni perezoso, vendí mi coche y me matriculé (a mis 30 añazos) en la Escuela Marítimo Pesquera de Alicante. Tres meses de teoría náutica, legislación, nudos y prácticas, extinción de incendios y supervivencia en alta mar, etc. me dejaron preparado (pensaba yo) para conducir el Titanic entre icebergs. Marcha atrás.

 

Así que, primero el mar y después Irlanda. Decidido.

 

Mi idea era conseguir plaza en uno de los trasatlánticos que cruzan el charco todos los años y, una vez al otro lado, volver en algún otro barco. Idea cojonuda en principio. El problema es que, de aquella, para el común de los mortales, buscar información seguía significando llamar por teléfono o visitar tablones de anuncios. Ni un barco. No encontré plaza en ni un puto barco haciendo el Atlántico. No sé si fue porque no busqué en el sitio adecuado o porque busqué demasiado tarde para la temporada de navegación. Ni idea. El caso es que el único trabajo que encontré fue en un yate privado. Y fue ahí donde descubrí que la esclavitud no fue abolida en España en tiempos de la Primera República, a finales del XIX, sino que seguía vigente en la mente de algunos.

 

El yate era un Astondoa 68 GLX construido en 1992, con casco de GRP/polyester, 20 metros de eslora y 5 de manga, dos motores de 1000cv, cinco camarotes dobles con cinco aseos con ducha, dos salones con tapizados en piel y aplicaciones de mármol, patronera con salón y mesa, cocina completa (con horno, microondas, frigorífico, lavadora, secadora y vitrocerámica), hélice de proa, aire acondicionado, calefacción, dos grúas, una lancha semirrígida, cubierta de madera de teca y un hijo de puta por dueño.

 

Mi primera visita al Watch II fue en San Pedro del Pinatar (Murcia) donde se encontraba atracado. Había visto un anuncio escrito a boli en un pedazo de papel cuadriculado pinchado con una chincheta en el tablón de anuncios de la Escuela: “se busca marinero para yate. Temporada verano. Interesados llamar al ….”, así que llamé y quedé con un tal Pedro, el capitán. El tal Pedro resultó ser un marino flaco y renegrido, de unos 45 años, seco como la mojama y de movimientos lentos pero firmes y con una paciencia de monje budista. El pobre tuvo que lidiar con mi absoluta incompetencia y mis constantes preguntas, que parecía un niño de 7 años.

 

El trabajo consistía, me dijo, en labores de marinería, mantenimiento del barco y (aquí venía la letra pequeña) “algunas labores domésticas como hacer camas o recoger platos”. Sin problemas, a mí no se me caen los anillos. El plan era navegar hasta Mallorca, atracar en Palma y esperar allí al anciano dueño y su señora que volarían desde Madrid, que allí no hay playa. Le llamaremos señor Del Río. Una vez allí no solían navegar más que a playas cercanas donde fondeaban y se pasaban el día al sol, como lagartos. No parecía mal plan para mí: dos abuelos inactivos, un capitán más que razonable y 150 mil pelas de las de antes al mes y sin posibilidad de gastar; tres meses, calculen.

 

Así que, el día convenido me presenté a bordo con mi polo blanco y mis náuticos, recién cortado el pelo y dispuesto a darlo todo, sí señor, a la orden de usted mi capitán. El viaje empezó de maravilla, con esos azules del cielo alicantino en verano y ese mar que da gusto verlo, no te digo ya navegarlo. Recuerdo el momento en el que perdimos de vista tierra por primera vez y la sensación de mirar en todas direcciones y solo ver mar. La travesía fue espectacular: delfines, veleros y sobre todo las explicaciones pausadas y llenas de detalles del capitán.

 

El puerto de Palma estaba a reventar de barcos. Yo creía que el Watch II era grande hasta que llegamos allí: yates de tres cubiertas con helicóptero hacían parecer a “nuestro” barco una chalupa. Una vez encontrado el pantalán, procedimos a la maniobra de atraque (que realicé como el culo, todo hay que decirlo) y al baldeo general pues el Sr. Del Río y señora estaban al caer. La mejor forma de describir al Sr. Del Río es si han visto ustedes Star Wars: imagínense a Yoda pero sin esas orejas y no tan verde; ahora pónganle mentalmente un polo a rayas y unos pantalones cortos. Ya lo tienen. Me lo presentó el capitán, me miró una vez y ya no volvió a mirarme ni dirigirme la palabra ni, supongo yo, a saber de mi existencia. A la señora ni me la presentaron.

 

El primer día fue el único que transcurrió con tranquilidad: los abuelos bajaron a Palma a cenar y nosotros nos quedamos a bordo, cenando y esperándoles por si necesitaban algo al volver. Al día siguiente empezó la locura. La letra pequeña no decía que los abuelos no iban a estar solos en el barco: venía la familia.

 

La familia eran las dos hijas del matrimonio y (atención) ocho niños de edades comprendidas entre los cuatro y los once años. Sin problemas, me encantan los niños, siempre he tenido mano para manejarles. Pero mis problemas empezaron cuando una de las hijas se me acercó y me dijo (lo juro):

 

- “Chico, prepara puré de patatas y salchichas para los niños”

 

¿”Chico”? ¿Me ha llamado “chico”? ¿Mido 1’90, peso 90 kilos, tengo 30 años y me ha llamado “chico”? Y ¿cómo coño se hace el puré de patatas? Yo ni siquiera lo he probado porque la textura me parece asquerosa. Y ¿salchichas? ¡Si yo no como cerdo! ¿Una salchicha se fríe? ¿O solo se calienta? ¿De verdad me ha llamado “chico”???

 

Una vez más el capitán me sacó del apuro y entre los dos la comida estaba lista en un periquete. Ahí descubrí que la tripulación (o sea el capitán y yo) solo come cuando los dueños han terminado el café y el postre y se han levantado de la mesa. Y todos sabemos cómo son las sobremesas en este país. También descubrí que lo único que le faltaba a la cocina era un puñetero lavaplatos. La primera noche el capitán se me acercó y me dijo “esta noche nos vamos todos a cenar a Palma, sobre las ocho” y yo flipé en colores porque por fin iba a salir del barco y ver Palma. Y encima me iban a invitar a cenar seguro en un sitio de postín. Así que le pregunté al capitán que cómo debería ir vestido. “¿A dónde?” me preguntó. Justo en ese momento entendí que “nos vamos todos a cenar” significaba “nos vamos todos a cenar excepto tú, pringao”. Justo antes de irse, una de las hijas me pidió que limpiara los ceniceros de bronce, chico, cosa que hice sentado en la proa mirando las luces de la ciudad y acordándome de toda su familia.

 

A la hora de fondear se suponía que yo me quedaba en el barco pero, debido a mi capacidad para entretener mocosos mediante dibujos o historias, al segundo día ya me habían pedido que me bañara con los niños (ocho, repito) mientras los señores tomaban el café, el té o lo que fuera que yo les había preparado (y servido), así que yo comía allá a las 6 cuando los pequeños monstruos se tenían que duchar y yo recoger todo lo demás. Era un trabajo duro, 16 o 17 horas diarias pero tampoco es que estuviera picando en la mina. Además me puse fuerte y bronceado lo cual ya es algo.

 

Pero después de 15 días sin tocar tierra, la mayoría de ellos haciendo de criado y no de marinero, mis únicas aspiraciones eran bajar a tierra y tomarme una caña, y no en ese orden de urgencia. Así que, un día en el que no íbamos a navegar y la manada al completo se iba de compras y después a cenar, le comenté al capitán mi intención de pedirle al Sr. Del Río una tarde libre, entendiendo por “tarde” el espacio de tiempo comprendido entre las obligaciones de medio día y las obligaciones de la noche. “Estás loco, yo no lo haría” me soltó. Vamos a ver, oh capitán, mi capitán: que no hay nada que hacer, que hasta he barnizado la regala como aquel que dice y que solo estoy pidiendo una tarde en 15 días que llevo aquí metido. Yo no lo veía tan descabellado. Convencido de lo lógico de mi propuesta me dirigí al camarote (la suite) de los del Río:

 

- “¿Da usted su permiso?”

- “Pasa, pasa”.

- “Buenos días don XXXX, que estaba yo pensando que, como hoy no está la familia, el barco está limpio como la patena y no vamos a zarpar, y teniendo en cuenta que en 15 días que llevamos aquí no he pisado el puerto, que decía yo que, a lo mejor, a usted no le importaría si me cogiera la tarde libre y así me doy una vuelta y vuelvo fresco y con energía”.

- “Ah, no, no, el marinero en el barco”

- “Sí, claro, por supuesto, ese es su sitio, ciertamente. Solo que como ya he hecho todo y no hay ya mucho que hacer… quizá un par de horas, no una tarde entera, que a lo mejor no me he expresa…”

- “No, no, prefiero que te quedes aquí, por si acaso”

- (Tragando saliva y sonriendo por no romperle un cenicero de bronce en la calva) “Hombre, como está el capitán, no creo yo que…”

- “Ya, no, mejor te quedas”

- “Pero vamos a ver, ¿15 días sin descansar y no me puede dar dos horas libres?

- “He dicho que no. Hasta luego.”

- “¿Hasta luego? ¿HASTA LUEGO? Pues ¿sabe lo que le digo? Que como ya estoy harto de que me llamen ‘chico’, me largo a tomarme una cerveza, que merecida la tengo” (Pero ¿qué coño estás diciendo? Oí dentro de mi cabeza)

 

Después de dos segundos de tensión mirándonos, el Sr. Del Río se echó la mano a la cartera (repleta y abultada, cerrada con una goma) y me dijo:

 

- “¿Cuánto te debo?”

 

Yo, que no podía creer lo que estaba pasando le dije “medio mes, 75.000 pesetas”.

 

- “Tienes que saber, chico, que marineros los hay a patadas. Antes de que te cambies y te vayas del barco ya tendré una cola de aspirantes” y antes de que le mandara a la mierda me dijo “Toma, para que cojas un vuelo a Alicante” y me dio 30.000 pesetas más con las que compró mi silencio. “Se las tiro a la cara” pensé. “Y una mierda” pensé inmediatamente guardándome la pasta en el bolsillo.

 

Salí de su camarote temblando de impotencia y de rabia justo cuando llegaba la familia, cargada de bolsas y me escabullí al puente a decirle al capitán que se había quedado sin marinero. Me miró sin mostrar ninguna emoción y me dijo:

 

- “Si quieres hablo con él pero…”

- “No, no -le dije yo- es igual, me largo”.

 

Se encogió de hombros, me dio la mano y se bajó del barco. Mientras me cambiaba de ropa, mis ocho cabroncetes, que se habían enterado de que se iba Godzilla (así me llamaban), se habían puesto a hacerme dibujos de despedida. En todos se veía el barco, niños, peces, nubes y soles y, en algunos, un gigante jugando con los niños. Aún los guardo. Algunos lloraron al despedirse, entre ellos yo. Las señoras se despidieron con un aséptico “adiós” y cuando bajé del barco volvía Pedro, el capitán, con dos aspirantes al puesto. El Sr. Del Río era un fantasma pero no mentía cuando me lo advirtió. Yo salí (por primera vez) del barco, me encaminé a la catedral (que admiré por fuera) y me senté en la terraza del primer bar que encontré. Pedí una pinta de rubia (que bebí de un trago) y un taxi para el aeropuerto.

 

Y ese fue el final de mi carrera como marinero. Con un amor fijo en mi puerto ya no quería ni Atlánticos, ni cruceros, ni Irlandas. El tiempo había pasado: me quedaba en Alicante. Cambié la esclavitud en el mar por otros trabajos forzados en tierra.

 

Pero la historia no queda ahí.

 

Veinte años después, viajé a otro puerto mucho más lejano, en Lanzarote, donde mi primo había montado un restaurante, de nombre la Cubierta. Y en la cubierta de un barco parece que estás cuando te asomas a esa terraza sobre el mar, frente a los yates, en la Marina. La primera vez que me asomé, ya patrón y no marinero y mucho más viejo, no podía creer lo que veían mis ojos: en frente de la Cubierta, atracado en su pantalán, había un yate llamado Watch II. Una inspección más cercana me confirmó que era un Astondoa 68 GLX. ¿Cómo podía ser? ¿Sería posible tamaña casualidad?

 

No podía ser, así que dejé de pensar en ello. Hasta hoy, dos años después. Algo me impulsó a investigar a ese Watch II que sigue allí. En una página en internet se vendía en Lanzarote un Astondoa 68 GLX llamado Watch II, construido en 1992 y lo vendía una empresa sita en el Club Náutico de San Pedro del Pinatar, Alicante. Era, es, el mismo barco.

 

No sé cuál es la probabilidad de reencontrar un barco en otro puerto veinte años después. Pero las probabilidades de que ese barco aparezca precisamente amarrado frente al restaurante de tu primo deben ser mínimas. ¿Me está siguiendo el puto yate? ¿Está ahí para recordarme lo dura que puede ser la vida de los criados? ¿Para que recuerde que tanto en el mar como en la tierra siempre ha habido y siempre habrá fantasmas y esclavos?

 

No lo sé. Pero por si acaso yo no me acerco, no sea que se me aparezca el fantasma del Sr. Del Río o de alguna de sus hijas y me susurren al oído, con voz cavernosa y tétrica, “hola, chico”.

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1 Comentario
Fecha: Sábado, 16 de septiembre de 2017 a las 17:45
P
San Pedro del Pinatar no está en Alicante sino en Murcia

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