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JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Lunes, 15 de mayo de 2017

Vinilos y memoria

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Como estoy de mudanza, acabo de desempolvar mi colección de vinilos de The Smiths. Bueno, miento, porque polvo no tienen que están todos en su fundita de plástico, la mar de majos. Los 104 que tengo. El caso es que me he puesto a pensar en cómo ha cambiado esto de consumir música. Cuidado, que no digo que fuera mejor antes. Era diferente. Ahora quieres oír una canción de los Black Keys o de Los Panchos y te vas a Spotify, Youtube o a cien mil sitios parecidos y la oyes. Y punto. Básicamente gratis (¿pagar por oír música?). Y sin ocupar espacio en tu habitación, solo en tus megas.

 

Y mientras la oyes te pica la curiosidad y te abres Google para ver qué careto tienen estos de los Black Keys o cuál era la formación original de Los Panchos. Y de paso, ya que estás, miras a ver qué vale ese disco que tienes de tu tía, un pesado vinilo de 78 rpm. Y compartes con tus amigos la música que te mola. Para un joven de hoy en día es fácil seguir a un grupo de música. Solo tienes que darle a un botón en Twiter y ya está: toda la información te llegará puntualmente las 24 horas. Incluso puedes hablar (escribirte, más bien) con tus ídolos. Todo muy inmediato.

 

Madre mía, si hubiéramos tenido esto en los 80... Recuerdo bajar andando a Discos Merlin o a Ritmo o a Discos Pony para ver si había alguna novedad de los Smiths. En Merlin estaban hartos de mí, probablemente, el muchacho pesao ese de los Esmíz. Pero cuando me acercaba al casillero de la S y había un nuevo Maxi Single de 45 (12 pulgadas), el corazón me daba un vuelco. Le daba vueltas entre las manos estudiando la portada, la contraportada, el nombre de las tres canciones, el vinilo. Tenía que comprarlo.

 

Contento y radiante (como decía Germán Coppini) me iba a casa con el tesoro bajo el brazo, subía las escaleras, abría la puerta, bajaba la persiana, ponía el vinilo en el plato con el cuidado de un restaurador de reliquias y entonces, durante un segundo mágico, el sonido de la aguja sobre los surcos mantenía tu alma en vilo hasta que empezaban las primeras notas de la canción. Escuchar las canciones en la oscuridad te llevaba a otro nivel de percepción en el que la imaginación volaba y te llevaba lejos de lo cotidiano. Una de esas sensaciones que, quien no la ha vivido, nunca podrá comprender. Y si querías oírla otra vez tenías que levantarte, poner la aguja al principio y esperar de nuevo. Nada de “escucha a partir del minuto 2:08”.

 

Ahí no había inmediatez ni facilidad. Para conseguir discos había que escribir (sí, a mano) a empresas que encontrabas, bien en revistas de música, bien en fanzines alternativos fotocopiados y borrosos. No había imagen del disco: lo describían y ya está. Los singles raros, los piratas, los no editados aquí, había que pedirlos por correo. No electrónico, sino correo. Lo de los sellos. El ritual era siempre el mismo: aviso de llegada de un paquete contra reembolso; andando a la Plaza de Gabriel Miró o de Correos, porque allí estaba la central; una cola hasta la ventanilla; entregar el aviso, “un momentito por favor” (“¿a que no lo encuentra?”) “Aquí está”. Y vuelta a casa a empezar la liturgia. Yo he hecho más kilómetros desde mi casa a Correos y Discos Merlin que en el Camino de Santiago.

 

Todo esa parafernalia, todo ese “trabajo” para conseguir la música, creaba un vínculo emocional casi místico entre tú y ciertos grupos. Para mí los Smiths eran mi grupo. Sí, claro, a alguna gente también les gustaba, pero no, no era lo mismo: los Smiths y yo teníamos una relación personal. Ayudaba también el desconocimiento de los detalles de ciertos grupos que no salían en los 40 principales, que no eran, como se dice ahora, mainstream. Leías en revistas, salían en Radio 3, algún amigo había oído algo, encontrabas revistas inglesas a precio de percebe gallego. Poco más. Coleccionabas, con sacrificio y dando muchas vueltas, recortes de revistas, postales, posters, parches para la ropa, chapas. No había internet. No había fan pages. Era un orgullo conseguir productos (ahora le llaman merchandising) de tu grupo favorito. Un orgullo y una pasta. A veces, la suerte te sonreía como cuando en Alemania, en un mercado callejero, encontré un maxi desconocido para mí (¿cómo es posible??), una edición limitada alemana de la canción Ask, que ya tenía. Cuando saqué el vinilo para ver cómo estaba casi me desmayo: el vinilo era transparente. Dos marcos le di temblando de emoción al tipo y me fui seguro de haber hecho el mejor trato de mi vida.

 

Hoy tengo toda la discografía de los Smiths en una carpeta en Spotify. Puedo oír las canciones con un sonido digital alucinante. Hoy sé hasta dónde vive Morrissey, dónde actúa Mike Joyce esta semana y si Johnny Marr vende o no su guitarra. Cuando hay algún rumor de que vuelven, de que actúa alguno, de que uno de ellos se ha roto un dedo, me entero al instante. Algún amigo me avisa o me avisa Facebook.

 

Hemos ganado en facilidad. Pero hemos cambiado el misterio y la distancia por la noticia y la cercanía. Ya no hay territorios en sombras donde imaginar y la liturgia ha cambiado. Todo es, a la vez, más cercano y más falso. Ya no puedes completar en tu cabeza la imagen que los grupos quieren dar de sí porque ahora lo controlan todo.

 

Me aconsejan que venda mi colección de vinilos pero me resisto a deshacerme del vínculo, de las horas en la oscuridad, de la memoria de aquellos tiempos. Y como dijo aquel, la memoria es el único paraíso del que no nos pueden expulsar.

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