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JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Lunes, 1 de mayo de 2017

Una tortura necesaria

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Recuerdo cuando en las películas americanas de los 50 o 70 la gente tomaba el avión y eran tratados como clientes vip; al subir al avión todo eran sonrisas del personal, buenos días, mirándoles a los ojos, leve inclinación de las cabezas; con azafatas educadísimas que se encargaban personalmente del confort de los pasajeros, uno a uno. Incluso había anuncios en los que se veía a las azafatas recibir a los pasajeros con champán. Recuerdo esos asientos amplios que parecían cómodos a más no poder, reclinables, y recuerdo que la gente siempre iba bien vestida, ellos con corbata, ellas con vestido; como mucho, algún simpático personaje con camisa hawaiana y gorro de pesca que pedía con infinita educación un refresco. El viaje en sí era parte del disfrute. La palabra que me viene a la cabeza es glamur (palabro español que suena mucho mejor con la “o”: glamour).

 

Ya se imaginan hacia dónde va esto, ¿no? Supongo que todos han tomado algún vuelo low-cost o, dicho en cristiano, baratero. Y que para ello han tenido que pasar por un aeropuerto. Los aeropuertos antes parecían centros lujosos donde esperar el vuelo. Hoy en día son centros comerciales abarrotados de turistas de todos los colores. La democratización de los viajes es lo que tiene.

 

7:45 de la mañana, aeropuerto de Madrid. Tengo vuelo a las 9:45 am hacia Lanzarote y como no tengo que facturar, estoy esperando en la cola de seguridad. Habrá unas 200 personas delante de mí pero hay tiempo. Creo. Siempre me asalta la misma pregunta: ¿y si esto se empieza a atascar y se me hace tarde? Tranquilo, hombre, que falta mucho. Yo soy un profesional así que lo llevo todo preparado: ya me ha quitado el cinturón y el reloj, y los llevo en el bolsillo de la chaqueta. Los zapatos los llevo desabrochados por si acaso: a veces te los hacen quitar, a veces no. Cómo deciden si te los quitan o no sigue siendo para mí un misterio: yo he llevado zapato de vestir, zapatillas de deporte, botas, zapatillas Converse y sandalias varias veces: un vez pasé con las botas puestas y no me dijeron nada (botas del 47, que ahí puedo esconder yo un lanzagranadas balístico) y otra vez me hicieron quitarme las sandalias; se ve que querían verme la marca blanca en el pie bronceado.

 

Pues en esas estoy, pensando en los misteriosos procedimientos de la seguridad aeroportuaria cuando a mi lado una señora bajita de uniforme pega un grito cual cabrero montañés, en un inglés macarrónico, diciendo algo como “conpiuters autsaid de bags!” ("los ordenadores fuera de las maletas"), con una cara de perro que asusta. Me indigno por el susto pero enseguida pienso que la mujer probablemente lleva ocho horas de pie manejando al ganado por 800 euros y me tranquilizo. Y entonces caigo, eso es: ganado. Así es como nos llevan, como a borregos. Aquí ya no hay glamur ni glamour ni hostias. Ya no somos clientes vip ni pasajeros: somos el rebaño. Hemos pagado “tan poco” que no nos merecemos un trato personalizado o amable. Además somos ciento y la madre y el tiempo es oro. El tiempo de las compañías, claro, a nosotros que nos den.

 

Unos cuantos minutos después llego a las bandejas para dejar todas las pertenencias y cojo una. Saco el cinturón y el reloj del bolsillo de la chaqueta y los pongo en la bandeja junto con las cuatro monedas, las gafas y la cartera. Cojo otra bandeja para los zapatos (esta vez tocaba). Pongo la chaqueta encima y espero mi turno para depositar todo en la cinta transportadora. Delante de mi va una señora que se empeña en dejarse puesto el collar de nosequé y las gafas “porque si no, no veo”, a lo que su hija le responde que la máquina va a pitar, mamá, no seas cabezota. Cuando por fin puedo poner mi bandeja y mi maleta en la cinta, la señora pasa por el arco detector de metales y, por supuesto, pita. Se va hacia atrás la señora refunfuñando, empujándome a mí, que ya estaba en posición de pasar por el aro. Me hago hacia atrás para que ponga sus putas gafas y el collar en otra bandeja. Ni gracias ni nada. Vuelvo a coger mi posición ante el detector intentando hacer contacto visual con el de seguridad para que me haga el gesto de “adelante”. Pero antes de conseguirlo noto que me empujan descaradamente, me hacen a un lado y la señora pasa, ni contacto visual ni leches, pitando una vez más. Ahora ya la señora pierde los nervios y se pone a gritar al de seguridad que trata, infructuosamente de calmar a la energúmena y hacerla a un lado para que una mujer de seguridad la cachée (¿caché? ¿cachee? ¿Algún lingüista en la sala?).

 

Pensando que ya ha pasado todo, consigo pasar sin pitar por el arco pero quizá he tenido contacto visual durante un segundo más de lo debido o algo en mi maleta ha llamado la atención del muchacho de seguridad, el que mira por los rayos x o, simplemente mi cara de terrorista libanés le ha llamado la atención. Vaya por dios.

 

- “¿Ha hecho usted su maleta?”

- “No, me la hace siempre mi ayuda de cámara” -me dan ganas de contestar

– “Sí, claro” –le digo.

- ”¿Puede abrirla?”

 

Cinco minutos después estoy cerrando la maleta, descalzo, mis bandejas haciendo tapón, el de seguridad ya tranquilo: lo que veía sospechoso no era una escopeta recortada de doble cañón sino mis zapatillas de deporte. Con la maleta en una mano y dos bandejas en la otra me aparto del sitio y me voy a las mesas de aluminio donde los pasajeros, resignados, se recolocan sus posesiones una vez humillados. Cinturón, reloj, monedas al bolsillo, los zapatos, la chaqueta, por fin completo. Ignoro si la señora del collar y las gafas ha logrado pasar o está ya en Alcalá-Meco.

 

Una vez cacheados, escrutados, mareados y hartos, los pasajeros pasan directamente al duty free. Tienes que cruzarlo por narices para llegar a las puertas de embarque. ¿Cómo atraer clientes? Hazlos pasar por la tienda. Te tratamos como a una mierda pero queremos tu dinero así que te vamos a hacer andar 50 metros en zigzag entre las estanterías llenas de Toblerones, vinos y bufandas de España.

 

Sano y salvo llego a donde están las puertas y busco mi vuelo de la compañía del amigo Ryan en las pantallas porque, como se encargan de recordar cada dos minutos “en este aeropuerto no se anuncian los vuelos por megafonía, esté atento a las pantallas”; que digo yo que en vez de avisar eso cada dos minutos podrían avisar los vuelos, ¿no? El caso es que tu puerta de embarque siempre será la más alejada del punto en el que te encuentres, es una ley física, y te tocará dirigirte a ella atravesando toda la extensión del centro comercial, digo, de la terminal. Una vez llegado allí, si tienes suerte, puedes encontrar un asiento para esperar, un asiento modelo Inquisición, diseñado para que el personal no se apalanque y se duerma, creo.

 

La peña ya está en la cola aunque faltan 45 minutos para que empiece el embarque. La razón es muy simple: no hay sitio para todos los equipajes de mano dentro de la cabina, así que si no subes de los primeros, tu equipaje de mano irá a la bodega del avión, lo que significa que tendrás que ir a recogerlo a las cintas transportadoras, con el consiguiente miedo a que se lo carguen o se pierda. Y entonces el personal de la compañía anuncia el principio del embarque “de las filas 22 a la 33”, con lo que todo el mundo mira su billete para saber si le ha tocado el sorteo. Los que no están en esas filas pero llevan una hora en la cola se mosquean con razón y la tensión se palpa en el ambiente; gente que no se aparta, gente que no lo ha oído, gente que no habla español ni el inglés del personal de la compañía, al final se aglomera el personal intentando colarse. Yo, que ya me sé la película, sigo sentado en el potro de tortura hasta que casi todo el mundo ha entrado porque me la pela que mi equipaje vaya en la bodega; con tal de ahorrarme 20 minutos de cola, lo que sea.

 

Finalmente paso enseñando el billete y el DNI (llevo también el pasaporte, el libro de familia, el carnet de patrón de barco, la tarjeta del Leroy Merlin y el certificado de limpieza de sangre de mis antepasados, por lo que pudieran pedir) y entro por la pasarela de acceso solo para encontrármela atascada de gente. Entro al avión agachando la cabeza (¿en las películas los aviones eran más grandes?), saludo a la azafata que sonríe mirando a través de mí y avanzo despacio por el estrechísimo pasillo (efectivamente, en las películas eran más grandes) donde la gente intenta meter su maleta en los compartimentos de arriba, aunque es evidente que ahí no cabe, caballero. Seis o siete atascos después llego al 21F. No es fácil de encontrar el número de asiento si mides 1’90 pues los ponen muy bajito. Por supuesto el 21D y el 21E ya están ocupados y les toca levantarse a regañadientes para que yo ocupe mi asiento. “Perdón”, “sorry”.  Y entonces el horror, no por conocido menos angustioso: no me caben las piernas. Literalmente. A veces pienso que la compañía Boeing tomó la medida exacta de mi fémur para calcular la distancia entre asientos. Con el culo hacia atrás a tope, mi rodilla se incrusta en el respaldo de delante, sin posibilidad de movimiento alguno. La postura tan erguida hace que mi cabeza y hombros sobresalgan del respaldo cual jirafa reticulada y hagan imposible apoyarlos en ningún sitio, si acaso en la pared del avión. Pero los cabrones de los diseñadores la han hecho curva y lo que consigo es más bien desnucarme. Lo de reclinar el asiento es cosa del pasado lejano pues están soldados en una posición; la incómoda, concretamente.

 

Después de una silenciosa (y victoriosa) lucha por el apoyabrazos con el caballero de al lado me dispongo a mirar el baile de las azafatas con el chaleco y toda la parafernalia. Podría salir yo a hacerlo, de las veces que lo he visto: las salidas de emergencia, no infles el chaleco dentro, en caso de despresurización de la cabina, etc., etc., y sin embargo observo educadamente. Soy el único: las parejas hablan, los niños gritan, los jóvenes ríen y nadie hace ni puto caso. Como pase algo no se salva ni dios. Y despegamos. Antes de alcanzar los 5000 pies y todavía sobre Torrelodones ya han intentado vendernos comida, perfumes, relojes y una lotería supuestamente para los niños desfavorecidos. Gratis no hay nada.

 

Gracias a dios el vuelo es solo de 2 horas y media, aunque la postura Tutankamon me deja el lumbar hecho un asco y el cuello para una semana de ibuprofeno. En un descuido perdí mi posición en el apoyabrazos compartido y ya no la volví a recuperar. Un asiento por delante alguien ronca incluso por encima del ruido de los motores. Por fin el avión toca tierra y la gente aplaude, feliz de seguir con vida, supongo. Yo no lo hago porque le daría con el codo al de al lado (lo cual no es tan mala idea, ahora que lo pienso) y además solo quiero bajarme de ese autobús con alas.

 

Después de un buen rato esperando en la sala de recogidas a que la cinta transportadora se ponga en marcha, cojo la maleta que me hizo mi ayuda de cámara y me dirijo a la salida pensando en esos viajes tan diferentes de antes, cuando todos eran carísimos, con su glamur y sus comodidades, su comida incluida y me digo que es el precio a pagar por la globalización del fenómeno de volar, hasta hace poco un lujo y hoy simplemente una tortura necesaria.

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