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JUAN ANTONIO LÓPEZ LUQUE
Viernes, 21 de abril de 2017

Buitres y palomitas

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Joder, cómo molan los cines. Lo digo porque voy poco, desgraciadamente, así que cuando voy me sorprendo mucho. Lo primero el precio que, como voy de uvas a peras, siempre que voy, ha subido. Y suele subir un huevo ¿no? Después, esos pozales gigantescos de palomitas como si estuviéramos en los USA, que valen una burrada. Pero si eso son granos de maíz ¿cómo coño es tan caro? Si precisamente lo de comer palomitas viene de la época de la Gran Depresión, en los años 20, cuando los americanos iban al cine a olvidar que no tenían un duro y se empezó a vender lo más barato que había: maíz. Pues debe ser que hoy en día el maíz cotiza en Wall Street porque vaya clavada que te pegan. Y digo yo, ¿qué comía la gente en los cines antes de las palomitas? ¿Dependía de la zona? ¿Comían almendras los alicantinos, aceitunas los jienenses y fabes los asturianos? ¿O simplemente la gente podía esperar dos horas sin comer y no morían de inanición?

 

Y después, esos sillones… ah, qué maravilla. Resulta que ya la gente no te tapa porque estás sentado en cuesta, lo cual le viene muy bien a los que se sientan detrás de mí. Y lo cómodos que son, oiga, que a mí me cabe toda mi humanidad sin estrecheces. ¡Si hasta tienen para dejar el vaso, como los coches! Me acuerdo yo de las butacas del Carlos III, dios mío, eran más incómodas que las del cine de verano. Los que no han cambiado son los que hablan y los que comen las patatas extra crujientes, esos siguen ahí, dando por saco.

 

No me imagino yo cómo debió ser ver las primeras imágenes en movimiento allá a finales del siglo XIX. Aquí en Alicante fue un tal Ramón Blanes Laparra, natural de Valencia, quien pidió permiso, en 1899, para exhibir cuadros cinematográficos, con el aparato perfeccionado Lumière, juntamente con el fonógrafo Edison", al lado del Teatro Principal. Casi nada, el cine y el fonógrafo juntos, la tecnología más puntera de la época. Poco después un tal Adolfo Fo montó en la calle Zorrilla (después avenida del Generalísimo, hoy de la Constitución) un barracón provisional para presentar el último aparato de monsieur Lumière, denominado el «Animatógrafo mágico». Lo de la calle Zorrilla tiene guasa porque cuando la ciudad quiso regular la prostitución, mandó que los prostíbulos se establecieran en esa calle. Los puticlubs en la calle Zorrilla, no me digan que no tiene su aquel.

 

Los que tenemos ya unos años recordamos cuando las salas estaban dentro de la ciudad y no había que coger el coche para ir al cine. Hoy quedan dos supervivientes, el Navas y los Aana, y se hace raro ver un cine en una calle del centro. Las salas han desaparecido (casi) todas y también los edificios que las albergaban, la mayoría de las veces maravillas del art decó y de los años 30-40. El Monumental, el, Central, el Rialto, el Casablanca, el Maracaibo, el Arcadia, el Chapí, el Avenida, el Calderón, el Goya, el Capitol, el Carlos III, los Astoria, todos desaparecidos… y el Ideal, el maravilloso Ideal, con esa báscula en la esquina, las ventanillas para sacar las entradas y aquellos palcos suntuosos. Eran los años de Mazinger Z, de los Geyperman y de El Hombre y la Tierra, que me descubrió, para mi pasmo infantil, que todavía quedaban buitres en la Península Ibérica, yo que pensaba que eso era cosa de los desiertos que se veían en las películas. Pues ahí sigue el magnífico edificio del Ideal, de 1925, vacío, esperando la declaración de ruina para derribarlo y construir cualquier mierda de apartamentos, como si en Alicante nos sobraran los edificios históricos, modernistas y bonitos, de cuando los edificios se hacían para ser vistos además de para ser habitados o usados (¿hay algo peor que la utilidad en arte?).

 

Al Ideal me llevó mi padre a ver “Un puente lejano”, la única vez que fuimos solos al cine. Tenía mi padre esa forma incómoda de relacionarse con los hijos tan propia de los hombres de antes, como de miedo a demostrar afecto, por mucho que se le notara. No compramos palomitas porque yo creo que ni había y no soltó una palabra mientras duró la película. Yo de vez en cuando miraba de reojo su perfil iluminado por la pantalla, que parecía una estatua romana, y me preguntaba si mi abuelo le habría llevado al cine cuando era pequeño. Aquella fue la tarde más feliz de mi, hasta entonces, corta vida: al cine con mi padre, solos, los chicos.

 

Que digo yo que eso es lo bueno de los cines: esa sensación de ir con tu novia, con tus colegas, con tu padre, con tu hijo a pasar un rato emocionante. Por eso cada vez que paso por el difunto cine Ideal me invade una sensación de pérdida personal, por todos los recuerdos que yacen allí encerrados, criando polvo, por todas aquellas tardes de magia (La Guerra de las Galaxias en 1977) perdidas para siempre.

 

Y es que, si conservamos los edificios que tienen significación histórica para la ciudad, que guardan su memoria ¿qué mejor forma de hacerlo que conservando esos templos de los sueños, de los buenos momentos de miles y miles de alicantinos?

 

Para mí que Félix Rodríguez de la Fuente tenía más razón que un santo y que algunos de esos buitres que aún quedan, los del ladrillo, están esperando a que nos muramos todos los que tuvimos la suerte de ir al Ideal para hacerlo desaparecer impunemente, como han hecho con todos los demás.

 

The End

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