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ENRIQUE VILA
Miércoles, 19 de abril de 2017

Su Iltma. Intolerancia

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Cuatro hechos, cuatro, me afligen los últimos días. Cuatro comportamientos, cuatro reacciones, que aproximan al ridículo a la humanidad y le devuelven su mezquindad innata. Esa que intentamos evitar ufanos y pagados de nosotros mismos y en la que caemos a diario como la jodida roca de Sísifo, condenado a empujarla montaña arriba hasta alcanzar la cima de donde rodaba de nuevo para volver a empezar. Merecido castigo por burlar a los dioses creyéndose superior a ellos.

 

El primero me entristece e indigna especialmente. Un enfermo de la cruel ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), D. José Antonio Arrabal, a quien Dios tendrá, sin duda alguna, en su Gloria, graba su propia y libérrima decisión de quitarse de en medio, de abandonar, de bajarse del autobús de la vida. Su cruel e insoportable vida, la de nadie más. En un último gesto de rebeldía lo incorpora al eterno mundo del ciberespacio con una primera frase que resume y define todo un sentimiento: “Si estás viendo este video, es que he conseguido ser libre”. La jodida y maldita enfermedad paraliza progresivamente los músculos sin remisión, impide poco a poco moverse, relaja esfínteres, y todo un sinfín de putadas físicas sin esperanza de cura o mejoría hasta que a la Parca le venga en gana. Otro de los muchos males con los que convivimos y contra los que no se lucha lo suficiente.

 

No me indigna la inevitable dolencia sino la falta de libertad para decidir cuándo y cómo acabar con el infierno de un ser humano, de un ser consciente y libre menos para eso. A este ser humano con plena capacidad jurídica y de obrar, le negamos la posibilidad de decidir si quiere seguir o no viviendo en esas condiciones. Y, lógicamente, toma la triste decisión de hacerlo sólo, mandando a sus seres queridos a comprar tabaco, pan o chuches, para no salpicar consecuencias, socialmente impuestas, de su libertad de decisión, de su libre albedrío, de la opción de vivir o no, si así tenía que ser, de rendirse dulcemente en una desigual lucha con conocido y cruel final. No pudo dejarlo para otro momento, no pudo disfrutar más de la compañía y cariño de los suyos porque tenía que hacerlo él, solo él, ahora que con dificultad aún podía sin ayuda. De haberlo aplazado, de posponerlo, habría necesitado que otro lo hiciera y en la balanza de un hombre, de verdad, pesa más un gramo de amor por los suyos que una tonelada de bienestar propio.

 

La sociedad, ese grupo etéreo que no padece ni sufre la enfermedad, le impide decidir en libertad cuándo y cómo desaparecer del mapa. Algunos hasta osan criticarle. Intolerantes antiempáticos, impositores de propias posiciones de inmutable verdad, de incuestionables creencias, de absoluta seguridad del comportamiento que, otros, deben observar. Falsarios maestros golpeadores de pecho propio y daño en ajeno. Si algo distingue al ser humano del resto de la Creación, Big Bang, o lo que finalmente sea, es la libertad y su herramienta, la voluntad. Descansa ya en paz, José Antonio, pero sobre todo descansa libre.

 

El segundo molesta, un grado menos. Un grupo de intolerantes escenifican su minuto de gloria sin respeto al resto, dándoselas de libertarios poseedores de la razón lo que, por desgracia, es frecuente. Echados sobre un paso de peatones, impiden que la Procesión continúe su curso en defensa de unos estorninos que, asidos con suave arnés, luce el paso de la Cofradía de la Oración del Huerto, en Elche, como tradición. Mientras estas tres decenas (por elevación) asientan sus posaderas en la calzada miles, decenas de miles, de devotos y simpatizantes no dan crédito al espectáculo de los muy jóvenes protagonistas de la obra teatral. Cráneos privilegiados poseedores de la verdad sobre el sufrimiento animal. Impositores de conductas que comparten el axioma básico de la intolerancia. Yo estoy en lo cierto, el equivocado eres tú. Eso me da derecho (divino y humano), a imponerte mi creencia. Todo fundamentalismo, del signo y tendencia que sea, cimenta ahí. Desalojados por a la fuerza pública, más hecha a dirigir el tráfico que a estos lamentables menesteres, ni los vítores de sus conciudadanos a la policía les hace reflexionar sobre su “posible” equivocación, vamos que ni se lo plantean. Misión cumplida, ya estamos en “youtube” y hasta algún periódico nos ha sacado haciendo el cimbel.

 

El tercero no solo indigna y aflige, sino que era de prever. No hacía falta ser Nostradamus ni uno de sus aventajados discípulos para aventurar que Semana Santa, Viernes Santo, y 14 de abril suman cuatro. Momento idóneo para que intolerantes de baja ralea, imberbes dictadores, intentaran provocar el caos y el desorden en la ciudad más entregada al culto Santo, esos días.

 

Sevilla se viste de gala henchida de emoción Divina. Hoy me santiguo y lloro ante la imagen de Dios hecho hombre y de su Divina Madre; mañana ese mismo Dios, ya dirá... Todos a una, locales y visitantes, admiran la tradición por encima, por debajo y a ras de creencias. Ateos, cristianos, agnósticos, judíos, budistas y musulmanes, gentes de bien, respetan la tradición y el sentimiento único de Pasión y Gloria que inunda las calles. Cofrades, Mayordomos, Costaleros y Capataces, anteayer y pasado mañana de nuevo pecadores, se rinden al culto. Solidaridad humana, esta vez cristiana, en eterna lucha con su contraria que aparece sin ser llamada. Aquí estoy me llamo intolerancia. Unidos o no, coordinados o no, ya lo dirá la Justicia pero no lo verán mis ojos, se manifiesta simultáneamente en varios lugares provocando el caos, el peligro y el terror. Fundamentalistas de su verdad o simples gamberros irresponsables tratando de imponer su gusto en proporción de uno a diez mil. Personalmente y por edad, soy escéptico ante casualidad y seguidor, hoy follower, de la causalidad.

 

Finalmente, la triste noticia de la muerte de un ángel sin alas vejado. A sus ocho añitos de edad, Adrían era otro niño enfermo de la peste occidental, de la innombrable bicha que acojona al más bragado. Pero cometió un pecado mortal para Justos y Honorables guardianes de la verdad, soñaba con ser torero como otros astronautas, soldados, bomberos o futbolistas a sus años, sin conciencia de por qué o lo que ello suponía. La temporada de caza al niño torero se abría para deleite de desalmados rufianes (políticos aparte) vomitando miserias en las impunes redes sociales. Ni pizca de comprensión, ni un gramo de piedad o compasión hacía el equivocado hereje de ocho años que nunca cumplirá su infame deseo y desafía a los dioses de la razón absoluta.

 

Hoy, libre de humana ruindad, su alma viste de oro y grana, se descubre ante el Presidente del eterno Coso, sea quien sea, capote por delante para recibir frente a chiqueros. Ni una pizca de rencor, ni un átomo, hacia los sacerdotes de la corrección ni hacia el Tribunal inquisidor que dictó sentencia y ejecutó condena. Su presidenta, Iltma. Sra. Dña. Intolerancia.

 

*Enrique Vila es abogado. Fundador del despacho Romiel y Vila Abogados

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