Miércoles, 02 de Septiembre de 2026

Actualizada Miércoles, 02 de Septiembre de 2026 a las 14:39:07 horas

RAFAEL SIMÓN GALLARDO
RAFAEL SIMÓN GALLARDO Miércoles, 02 de Septiembre de 2026

GOBERNAR DESDE EL BÚNKER

La política, cuando se despoja de su función mediadora, tiende a convertirse en un ejercicio de solipsismo. Pedro Sánchez no gobierna; su actividad se ha reducido a un voluntarismo agónico, una resistencia numantina frente a una realidad que ya no reconoce. Lo que observamos en la Moncloa no es la gestión del Estado, sino el mantenimiento de un espejismo, una estructura que se sostiene únicamente por la inercia del poder y el miedo de quienes, temerosos de su propia caída, aún orbitan a su alrededor.

El gobernante que se bunkeriza, protegido por sus escoltas y una nube de aduladores, termina por perder el sentido de la proporción. Sánchez ha caído en la trampa del narcisismo, esa patología del poder que confunde la propia voluntad con el destino histórico. Para él, la crítica no es un síntoma de salud democrática, sino un ataque de "monstruos infernales" que pretenden demoler un legado que solo existe en su imaginación. Es la clásica huida hacia adelante del déspota: si la realidad desmiente el relato, peor para la realidad.

 

En su entorno, el fenómeno es el de una corte de cortesanos que temen el banquillo tanto como el olvido. Muchos de sus colaboradores no le sirven por convicción, sino por supervivencia; saben que, mientras dure el manto del líder, su inmunidad está garantizada. Es una simbiosis parasitaria donde el Estado se convierte en la gallina de los huevos de oro para una casta que ha transformado el PSOE en una suerte de feudo personal, vaciándolo de sus órganos de control y de su tradición socialdemócrata para convertirlo en un aparato de propaganda al servicio de un "líder supremo" que recuerda, en sus formas, a los populismos bolivarianos que tanto encandilaron a su referente, Rodríguez Zapatero.

 

El problema es que el relato, esa construcción artificial de la verdad, ha dejado de ser eficaz. La sociedad española, a menudo paciente, ha comenzado a percibir la desconexión. La crisis de Ceuta no fue más que el catalizador de una desafección latente; fue el momento en que la laxitud del gobernante se hizo patente ante una Europa que mira con recelo a un aliado que parece jugar con fuego, defendiendo intereses ajenos mientras descuida los propios.

Incluso los sectores más fieles empiezan a notar que el emperador carece de vestiduras. La desobediencia de alcaldes y militantes no es un acto de rebeldía casual, sino el síntoma de que el fanatismo tiene una fecha de caducidad. Cuando el líder prohíbe a los suyos manifestarse por temor a que un gesto de autonomía evidencie su soledad, está reconociendo tácitamente que el tinglado se desmorona.

Sánchez ya no habita el mundo de los hechos, sino el de las palabras. Y cuando las palabras pierden su anclaje en la verdad, se convierten en ruido. Él cree que engaña a los demás, pero el único engañado es él mismo, atrapado en una red de mentiras que disfraza con eufemismos sobre "cambios de opinión". Al final, la política es el arte de lo posible, y lo que Sánchez está ejecutando es el arte de la resistencia estéril: un hombre que, al intentar retenerlo todo, está perdiendo lo único que un gobernante no puede permitirse perder: la legitimidad ante sus propios ojos.

 

Rj Simón 

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