Viernes, 17 de Julio de 2026

Actualizada Viernes, 17 de Julio de 2026 a las 14:17:30 horas

MANUEL MARTÍNEZ SIRVENT
MANUEL MARTÍNEZ SIRVENT Viernes, 17 de Julio de 2026

El verano que nadie ve

Julio tiene dos veranos.

Está el que aparece en los anuncios: el de las playas, las maletas y las terrazas. Y existe otro, mucho más discreto, que apenas ocupa titulares: el de miles de docentes que, mientras las aulas permanecen cerradas, comienzan silenciosamente a construir el curso que llegará en septiembre.

Hace unos días, en uno de sus primeros discursos públicos, la infanta Sofía quiso detenerse en quienes más habían acompañado su formación. «Los profesores merecen un mayor reconocimiento», afirmó. La frase pasó casi inadvertida entre el ruido informativo, pero encerraba una verdad que conviene recordar.

No porque la pronunciara un miembro de la Familia Real. Las palabras valen por quien las dice, pero sobre todo por la verdad que contienen.

 

En España, pocas profesiones resultan tan conocidas y, al mismo tiempo, tan desconocidas en su verdadera dimensión. Todos hemos pasado por un aula y, quizá precisamente por eso, todos creemos saber en qué consiste ser profesor. Sin embargo, rara vez vemos aquello que ocurre cuando se apaga el timbre y las aulas quedan vacías.

Porque la docencia no termina cuando acaba una clase. Continúa en casa: preparando materiales, corrigiendo exámenes, buscando nuevas formas de explicar lo complejo, adaptando contenidos para quien más dificultades presenta o formándose para responder a una realidad educativa que cambia a un ritmo vertiginoso. Preparación, actualización constante, correcciones, coordinación, reuniones, atención a las familias y un sinfín de tareas administrativas que, en demasiadas ocasiones, terminan robando tiempo a aquello que verdaderamente da sentido a esta profesión: enseñar.

 

Y julio es, precisamente, uno de los meses en que ese trabajo invisible se hace más intenso. Mientras muchos disfrutan de un descanso merecido, miles de docentes revisan programaciones, actualizan recursos, estudian cambios normativos, diseñan nuevas actividades y piensan cómo despertar la curiosidad de alumnos a los que todavía ni siquiera conocen.

Para muchos, además, el verano está marcado por una incertidumbre añadida. Miles de profesores interinos desconocen todavía cuál será su destino: si trabajarán cerca de sus familias o a cientos de kilómetros, qué materias impartirán o incluso si tendrán plaza cuando llegue septiembre. Resulta difícil planificar un proyecto de vida cuando ni siquiera se conoce el lugar desde el que comenzará el próximo curso. Pocas profesiones exigen convivir cada verano con semejante incertidumbre.

Todo ello convive con una paradoja llamativa: nunca se ha exigido tanto al profesorado. Se le pide que enseñe conocimientos, pero también que eduque en valores, atienda la diversidad, gestione conflictos, incorpore las nuevas tecnologías, prevenga el acoso escolar, fomente el pensamiento crítico y la inclusión, trabaje la educación emocional, dialogue con las familias y responda a una sociedad cada vez más compleja. Y, sin embargo, el reconocimiento social no siempre ha crecido al mismo ritmo que las responsabilidades.

 

No se trata únicamente de una cuestión salarial, aunque también exista ese debate. Se trata, sobre todo, del prestigio de una profesión imprescindible.

El filósofo José Ortega y Gasset escribió que «si quieres aprovecharte de las ventajas de la civilización, pero no te preocupas por sostener la civilización... te has fastidiado». La educación constituye uno de esos pilares invisibles que sostienen cualquier sociedad avanzada. Y quienes la hacen posible cada día son, precisamente, los docentes.

Cuando una sociedad comienza a desconfiar de sus profesores, no solo deteriora las condiciones de un colectivo profesional: empieza a erosionar algo mucho más profundo: el valor del conocimiento, el respeto por el esfuerzo y la autoridad de quien ha dedicado años a formarse para enseñar a otros. Deja de valorarse el conocimiento frente a la ocurrencia; el estudio frente a la improvisación; el esfuerzo frente a la inmediatez.

Confundir autoridad con autoritarismo ha sido uno de los errores culturales más costosos de nuestro tiempo. Un profesor necesita autoridad, no para imponer, sino para educar. Porque educar exige referentes, exige confianza y exige que la palabra del docente vuelva a tener el peso intelectual y moral que merece. La verdadera autoridad nace del ejemplo, de la competencia y del respeto ganado, no impuesto.

 

Naturalmente, como ocurre en cualquier profesión, existen docentes excelentes, buenos, mediocres y también malos. Nadie debería idealizar al colectivo, pero tampoco resulta justo construir un juicio general a partir de casos aislados. La inmensa mayoría trabaja con una entrega que difícilmente aparece en estadísticas ni titulares.

Detrás de cada médico, cada ingeniero, cada empresario, cada juez, cada investigador, cada periodista, cada alcalde o cada ministro, hubo antes un profesor que enseñó a leer, a pensar, a preguntar y, muchas veces, a creer en uno mismo.

La educación tiene una peculiaridad que ninguna otra política pública posee: sus mejores resultados nunca son inmediatos. Se siembran hoy para florecer muchos años después. Quizá por eso solemos olvidarnos de quienes plantan esas semillas.

Por eso las palabras de la infanta Sofía merecen ser celebradas, por lo que representan: un recordatorio de que el reconocimiento al profesorado no es un gesto de cortesía hacia un colectivo profesional, sino una inversión en el futuro de todos.

 

Mientras escribo estas líneas, miles de profesores continúan preparando septiembre. Lo hacen lejos de los focos, sin titulares y, casi siempre, sin esperar aplausos.

Porque el futuro de un país no empieza cuando se constituye un Gobierno, ni en los parlamentos, ni en los consejos de administración.

Empieza mucho antes.

Empieza en un aula.

Y allí, frente a una pizarra, sigue habiendo un profesor preparando, también en julio, el futuro de un país.

 

Manuel Martínez Sirvent es profesor asociado universitario, docente de secundaria y bachillerato; politólogo colegiado en el Colegio Profesional de Ciencia Política, Sociología, Relaciones Internacionales y Admin. Pública de Madrid.

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