Día Sábado, 25 de Julio de 2026
El paisaje
Dejadme aclararlo. No se trata de una vista, o sí. No se trata de un cuadro ni de una fotografía, o sí. Se trata de una imagen mental intensa e incrustada de la que ni queremos, ni podemos desprendernos. Que se forma en nuestro interior y nos acompaña por siempre sin ser inalterable. Es más, su principal detalle es que es variable, cambiante. Como la puñetera bendita vida. Si a algo se parece es a los inicios de cinematógrafo con multitud de imágenes fijas pasando a toda velocidad para crear sensación de movimiento.
Cuesta años formar el primero, como en Matrix le dice Morpheo a Neo, te duelen los ojos porque nunca los has usado. Poco a poco se va a aclarando la visión y las figuras toman forma definida. Papá, mamá, hermanito o hermanita, Boby el labrador o Turrón, el gato. La abu y el abu, los tíos y sus parejas. Y ya está formado el primer paisaje que tu mente fija como normal, habitual, cierto y seguro. Ése en que te encuentras feliz, tranquilo, y no quieres, ni por asomo, que varíe. Cimientos sólidos de tu existencia.
Querríamos que Parménides tuviera razón y el mundo, el nuestro por lo menos, fuera inmutable, pero se impone su opuesto. Heráclito vence y nunca te bañas en el mismo río, todo es cambiante, mutable y, por lo general, a peor. Sin aviso previo comienza a difuminarse el o la abu, hasta que desaparece de la foto. Las parejas de tíos o tías se borran y dejan hueco a otros formando un nuevo casting de personajes. Boby un buen día ya no mueve el rabo en el jardín sin saber muy bien por qué y, en el mejor de los casos, aparece Tron sobre sus cuatro patas. Nada raro, nada anormal, se sustituyen y punto. Al principio es extraño, pero en pocas semanas, como mucho, se imprime otra foto fija mental.
Tomas conciencia del mundo que te rodea a partir de cierta edad y se viene un período, en el mejor de los casos, de normalidad, de seguridad, de foto que parece, y no lo es, eterna. Se suman amigos igual que se restan y en los márgenes del cuadro entran y salen figuras continuamente. Algunas permanecerán, otras ni tan siquiera llegan a formarse del todo. Elementos difuminados sin relevancia que dejan escasa, intranscendente, huella.
Entiendes la escena. Ya no te sorprende el cambio de integrantes y sólo pides que no sean del centro, si pudieras influir – sabes que no, pero por si acaso – los periféricos, casi pegados al marco. Los más alejados cuya ausencia se sentirá, pero menos. Pobre infeliz, el Universo siempre está escuchando, los dioses tienen envidia de los hombres y se entretienen confabulando, jugando al parchís con fichas humanas. De oca a oca y tiro porque me toca, le dice Odín a Buda; te mato esta ficha y cuento veinte, Zeus te has pasado, ve a por Loki que está entrando en casa y nos monta un Ragnarok en cero coma. No juego más con vosotros, sois unos machistas, Afrodita increpa a Ra. Es lo que tiene ser dios, te supera el tedio de la inmortalidad y el poder. Se cambiarían por nosotros sin pensarlo dos veces, hasta pagando.
Te conviertes en pintor y añades personajes, obviamente al centro, el centro exacto, los más claros, mejor definidos, los más queridos y protegidos. Levantas muros y defensas a su alrededor. Te borrarías si fuera necesario para que ellos siguieran en el cuadro. Se convierten en tu razón de vida. Morderías y masticarías la mano de quien se les aproximara con una goma de borrar sin pensarlo dos veces. Las limitaciones del lienzo desplaza a otros del centro sin alejarse demasiado, es ley de vida.
La inclemente partida divina continua impasible, sin tregua ni descanso, sin pausa de hidratación. Van cayendo fichas por toda la imagen borrándose de ella tanto en bordes como, mucho más sentidamente, del centro. Te vuelves como el cordobés (Séneca, no el torero), aceptas estoicamente los devenires del destino en la partida de dados, tu papel de ficha, y le espetas a los jugadores, esperando que entiendan el latín “Potestas tua in timore meo posita est, timere desii, potestas tua evanuit”, tu poder reside en mi miedo, ya no tengo miedo, tú ya no tienes poder. Pequeña venganza humana que a ellos les afecta tanto como las vacas que ven pasar el tren, como quien oye llover mientras mueven el cubilete del dado.
Entre sumas y restas te viene un fogonazo. “Luchar y reinar, ¿es eso todo Merlín?” – pregunta un joven Arturo Pendragón a su más fiel consejero mientras no le quita ojo a Ginebra, a lo que él responde “Probablemente ni es”, avecinando y temiendo la inevitable tormenta del amor (1).
Y entonces caes en la cuenta. Has tardado toda una vida, pero casa cosa tiene su momento. De nada habría servido saberlo antes, de nada que te lo contarán, de nada que incluso estuviera escrito en los mejores libros o te lo descubriera la IA. Todo ha sido, en mayor o menor medida, por amor. El de tus padres hacia ti, el tuyo hacía los tuyos, a tu pareja, a tus hermanos, a la familia elegida que son los buenos amigos, a otros amigos no tan buenos, a gente querida, a tus mascotas e incluso a tu hogar, casa o trabajo. Todo se ha movido con ese combustible y, la verdad, ha merecido la pena.
Sentado, satisfecho no queda otra que esperar a verte difuminado y, finalmente, borrado. A ser posible con una sonrisa socarrona, de medio lado, en el rostro.
*Enrique Vila es abogado. Fundador del despacho Vila, Corell y asociados.
- Excalibur, la buena. Dirigida por John Boorman. Irrepetible y, por favor, que ni lo intenten.



















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