Sábado, 27 de Junio de 2026

Actualizada Viernes, 26 de Junio de 2026 a las 23:56:36 horas

ENRIQUE VILA
ENRIQUE VILA Viernes, 26 de Junio de 2026

Esos ojos negros de Fez

Escapada anual de Hogueras, las que de juventud ansioso esperaba y hace unos años se parecen cada más al dolor de rodillas que soportas pero incomoda. ¿Cuándo me hice mayor, en qué momento?. Jodida oxidación carnal, más llevadera que la oxidación moral para la que no hay tratamiento.
Ha tocado, casi por azar, Fez en Marruecos. Vuelo corto, directo y destino desconocido y hasta exótico. El caso es que he vuelto, y sigo, entristecido.
 
No triste, es distinto. Sería grosero, inadecuado y abusivo por mi parte decir que estoy triste con la vida que llevo en el primer mundo. Me he levantado tarde – es fiesta comunitaria – entre perfumadas y limpias sábanas. Duchado tranquilamente y, después de un frugal desayuno, revisado los mails de mi trabajo conectado en remoto al servidor del despacho. Nevera abierta y lista de compra, cogido uno de los dos coches disponibles de la familia para ir al centro de compras abierto en fiesta. Sonaba, bluetooth mediante, Simple Minds, “dónt you forget about me” mientras el aire acondicionado me aislaba de los 32º exteriores. Entre viales repletos de productos y clientes llenando cestas sin mesura he completado la mañana volviendo a casa para preparar algo rico de comer, bastante distinto de lo tomado allí, a base de cerdo claro. Hasta aquí nada raro, extraño o inusual a nuestros acostumbrados occidentales ojos.
 
Sin preaviso se me ha aparecido la Medina de Fez en el cerebro consciente. Seguro que daba vueltas en el inconsciente. Entre sus más de novecientas calles y recovecos, laberinto irresoluble, me aparece con nítida claridad la imagen de un niño de los muchos que pululan por el lugar, sentado entre dos callejones. No más de siete años, piel aceituna por raza y radiación solar, pelo muy corto, oscuro y algo ensortijado y ojos grandes, oscuros y abnegados. Enclenque, de piernas y cuerpo quebradizo consecuencia segura, al alimón, de genética y alimentación. De esos que nuestras abuelas habrían atiborrado a bocadillos de chorizo, si lo comieran. Lo recuerdo porque cuando lo vi, subiendo la cuesta que va a la Bab BouJeloud (puerta azul, una de las principales del laberinto de la Medina), fue como ver un elemento más del paisaje y, décimas de segundo después, tuve que detenerme a observar, prudente y sin prestar atención para no molestar. Sentado frente a una persiana de un comercio (si así se les puede llamar), casi en el suelo, ofrecía porciones de algún dulce local. No increpaba a los turistas, simplemente estaba. Era la imagen de cualquier niño de cualquier país haciendo lo que se le había encargado en un lugar inhóspito (para nosotros) con absoluta normalidad y costumbre.
 
Entre callejones de metro o metro y medio de anchura, seguramente llevaba horas doblado en sí mismo, esperando que algún turista le diera algún dírham, preferiblemente euros, por lo que vendía, espantando moscas junto a los escuálidos gatos comparsas de la escena. No me quito de la cabeza sus oscuros ojos serenos de niño, sin maldad ni intención, cumpliendo su labor. Sin reproche visible, sin zapatillas o camiseta de marca real o imitada, entre fuertes olores para él habituales. Distinto del resto que te seguían y tiraban de la ropa pidiendo que les compraras lo que fuera. Rebajando precio hasta lo ridículo y adivinando nacionalidad, “amigo, amigo”, “Lamin Yamal”, “Brahim Díaz”, “Moroco España misma cosa, hermano”. Ojos redondos de niño, de cualquier niño de cualquier nacionalidad o procedencia, resignados a hacer lo aprendido y enseñado a volver al hogar otro día más. Sereno, tranquilo, abnegado, mejor, resignado.
 
En el reducido aeropuerto, de vuelta, se coincide siempre con conocidos, vengas de Fez, como es el caso, o de Tegucigalpa o Helsinki, es constante universal como la velocidad de la luz. Haciendo tiempo se comparten experiencias y vivencias, es el brain storming prevuelo. Una pareja explicaba la suya y su intención de futuro de traer a sus sobrinos adolescentes a este lugar que yo, particularmente, agradecía abandonar. No lo entendí hasta que me lo explicaron. Chavales de familia acomodada, nacidos, crecidos y criados entre los algodones que situamos a sus lados para que mitiguen los golpes de la vida. Todos lo hacemos, y quien diga lo contrario os miente Princesa (1). Querían que vieran en directo otra realidad, la de quiénes menos favorecidos por el dado del nacimiento vivían, o sobrevivían, con mucho menos, infinitamente menos. Un golpe de realidad que les hiciera valorar la suya que por habitual era normalizada y general cuando no lo es, ni mucho menos.
 
Que vieran que un euro, diez dírhams, dan de comer. Que la prioridad de vestir de marca es etérea cuando hay otras; que quedarse sin wi-fi (wai-fai, fuera de este bendito país), no es una tragedia universal y que apartar comida sana y nutritiva del plato puede ser hasta insultante. Que el destino puede cambiarse porque no está escrito y que, si lo está, hay otra forma de asumirlo. Sereno, paciente y tranquilo, como el niño quebradizo de ojos negros del callejón de la Medina de Fez.
 
Soy consciente de que en cuanto se imponga la rutina, de dos a tres días a lo sumo, el archivo jpg, la foto mental, se instalará en lo profundo del disco duro y rara vez volverá a salir a flote. Quizá lo haga ante algún estímulo o se hunda como vago recuerdo de los miles de billones de datos que nuestra mente procesa en una vida entera.
Por eso lo escribo, verba volant, scripta manent, las palabras vuelan, lo escrito permanece. Quizá en el futuro lo lea y me acuerde del momento, la sensación y el sentimiento que aquel chaval dejó impreso, por unos días.
Que el destino le sea favorable, Barak Allah Fik. Alá le bendiga. بارك الله فيك.
 
 
*Enrique Vila es abogado. Fundador del despacho Vila, Corell y asociados.
 
 
(1) La vida es sufrimiento y quién diga lo contrario os miente Princesa (La Princesa Prometida), del desaparecido Rob Reiner, obra maestra irrepetible, ojalá nunca, nunca, nunca, Hollywood haga un remake, les miraría a los ojos y les diría, hola, me llamo Enrique Vila, no me hiciste caso, prepárate a morir. 
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