Día Sábado, 25 de Julio de 2026
El medio ambiente empieza donde termina la excusa
El pasado 5 de junio celebramos el Día Mundial del Medio Ambiente. Cada año, las redes sociales se llenan de consejos para reciclar mejor, consumir menos plástico o apagar luces innecesarias. Son gestos necesarios y útiles, sin duda. Pero quizá el verdadero problema no sea que no sepamos qué hacer, sino que hemos dejado de preguntarnos por qué lo hacemos.
Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tanta información sobre sostenibilidad y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan distraídos de lo esencial.
Por eso me resisto a los discursos que convierten al consumidor en el único responsable de todos los males del planeta. No, la crisis ambiental no se resolverá porque una persona recuerde llevar una bolsa reutilizable al supermercado. Tampoco porque alguien compre una botella de agua con una etiqueta verde. La sostenibilidad es algo mucho más profundo que una suma de hábitos. Es, ante todo, una forma de mirar el mundo.
Quizá por eso esta semana, mientras escuchaba las reivindicaciones de ASAJA Alicante y observaba la entrega de sus premios al mundo rural, pensaba que allí había una lección que va mucho más allá de la agricultura. La organización aprovechó su gala para reclamar soluciones ante la vulnerabilidad fitosanitaria que sufre el campo alicantino y para poner sobre la mesa problemas como las plagas, la falta de agua o las dificultades del relevo generacional
Entre las personas premiadas estaba un joven que decidió emprender en un sector que muchos consideran hostil. También una mujer que asumió el legado familiar para mantener viva una explotación agrícola. Historias que no leemos en los titulares nacionales, pero que contienen eso que escasea cada vez más: el compromiso.
Porque cuidar una tierra durante décadas exige una virtud que hemos ido perdiendo: pensar a largo plazo.
La paradoja es que hablamos constantemente de sostenibilidad mientras construimos una sociedad cada vez más impaciente. Queremos resultados inmediatos, beneficios inmediatos, reconocimiento inmediato. Compramos para llenar vacíos que no son materiales. Consumimos experiencias, productos, información y hasta indignación con la misma velocidad con la que deslizamos el dedo por una pantalla.
Y mientras tanto, algo se desgasta.
Se desgasta el suelo cuando deja de ser rentable cultivarlo. Se desgasta la educación cuando las huelgas, los debates políticos o las burocracias ocupan más espacio que quienes deberían estar en el centro: el alumnado. Se desgasta la convivencia cuando convertimos cualquier diferencia en una batalla. Se desgasta el territorio cuando olvidamos que detrás de cada alimento hay personas, agua, conocimiento y esfuerzo.
Incluso la globalización, que tantas oportunidades ha traído, refleja esta contradicción. Ha permitido compartir conocimiento, innovaciones y mercados. Pero también ha favorecido una economía donde a veces resulta más fácil conocer el origen de un dispositivo electrónico que el de una naranja que tenemos en la mesa.
No se trata de nostalgia. Ni de demonizar el progreso. Se trata de recordar que ninguna tecnología podrá sustituir aquello que da sentido a una comunidad: la capacidad de cuidar nuestra casa común.
Cuidar un paisaje. Cuidar una profesión. Cuidar una conversación con alguien querido. Cuidar a quien aprende. Cuidar a quien produce. Cuidar lo que heredamos y lo que dejaremos a quienes vengan después.
La sostenibilidad no empieza en un contenedor de reciclaje. Empieza mucho antes. Empieza cuando dejamos de preguntarnos qué podemos obtener y comenzamos a preguntarnos qué podemos aportar.
Quizá la verdadera celebración del Día Mundial del Medio Ambiente no consista en grandes declaraciones ni en campañas perfectamente diseñadas. Quizá consista en algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, más difícil.
Mirar primero hacia nuestro interior.
Reconocer nuestra realidad sin excusas.
Y tener la valentía de hacer un poco. Solo un poco.
Porque cuando muchas personas deciden mejorar un poco su entorno, terminan mejorando el mundo entero.
Y porque, al final, la casa común no se deteriora de golpe. Se deteriora cuando dejamos de cuidarla. Y también se reconstruye, poco a poco, cuando volvemos a hacerlo.
Inma Lara – CEO y Head of Sustainable Communications & PR



















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