Miércoles, 13 de Mayo de 2026

Actualizada Miércoles, 13 de Mayo de 2026 a las 16:21:57 horas

INMA LARA VÁZQUEZ - Columna Expertise
INMA LARA VÁZQUEZ - Columna Expertise Miércoles, 13 de Mayo de 2026

El partido que todavía queda por jugar

Durante años pensamos que el deporte era solo deporte. Un juego. Un entretenimiento. Un espacio donde competir, ganar o perder. Pero con el tiempo hemos entendido que también es un espejo. Uno que refleja cómo es una sociedad, qué valores aplaude y, sobre todo, quién tiene derecho a ocupar el centro del campo.
 
Porque el deporte nunca ha sido solo deporte. También es el lugar donde aprendemos quién merece ser visto, escuchado y celebrado.
Y ahí, el fútbol probablemente ha sido uno de los territorios más simbólicos.
Muchas mujeres crecimos viendo partidos desde fuera. Animando, acompañando, observando. Como si aquel espacio perteneciera a otros. Durante décadas, el fútbol construyó una identidad profundamente masculina donde las niñas apenas encontraban referentes, donde las deportistas ocupaban menos portadas y donde todavía parecía necesario justificar por qué también querían jugar.
No era una prohibición explícita. Era algo más silencioso y más difícil de señalar: la costumbre.
 
La costumbre de escuchar comentarios que cuestionaban el nivel del fútbol femenino antes incluso de verlo. La costumbre de sorprenderse cuando una mujer narraba un partido, arbitraba un encuentro o dirigía un club. La costumbre de opinar antes sobre el físico de una deportista que sobre su talento. La costumbre de asumir que algunos espacios pertenecían naturalmente a unos y no a otras.
Y aunque hemos avanzado mucho, algunas inercias siguen ahí.
Basta escuchar ciertos comentarios en redes sociales, algunas tertulias deportivas o determinadas expresiones que continúan normalizándose en los estadios para entender que todavía queda partido por jugar.
 
Pero también sería injusto no reconocer todo lo que está cambiando.
Hoy hay niñas que ya no crecen pensando que el deporte tiene género. Ven estadios llenos, futbolistas convertidas en referentes, periodistas deportivas ocupando espacios de visibilidad y nuevas generaciones que entienden con más naturalidad algo que nunca debió resultar extraño: que el talento no depende del sexo, de la edad ni del cuerpo.
 
Y quizá ese sea uno de los cambios más importantes.
Que las nuevas generaciones empiezan a mirar el deporte desde un lugar distinto.
Aunque todavía quedan otros silencios que apenas ocupan espacio en la conversación pública. El deporte adaptado sigue recibiendo mucha menos atención de la que merece. Hay atletas extraordinarios que compiten lejos de los focos simplemente porque no encajan en el modelo de espectáculo al que estamos acostumbrados. Como ocurre tantas veces en la sociedad, seguimos dando más visibilidad a aquello que responde a una idea concreta de éxito, fuerza o perfección.
 
Y, sin embargo, el deporte tiene precisamente la capacidad de enseñarnos lo contrario.
Nos recuerda que la verdadera superación no siempre está en levantar una copa. A veces está en ocupar un espacio que durante demasiado tiempo parecía reservado para otros. En atreverse a entrar en el campo cuando durante años te hicieron sentir visitante.
 
Tal vez por eso el deporte emociona tanto. Porque nunca habla solo de resultados. También habla de igualdad, de oportunidades y de reconocimiento.
Y quizá el partido más importante no se juegue en un estadio, sino en la manera en que aprendemos a mirar a quienes durante demasiado tiempo quedaron fuera del foco.
Porque hay partidos que no terminan cuando pita el árbitro.
Y este es uno de ellos.

 

 

Inma Lara – CEO y Head of Sustainable Communications & PR

Comunicamos Experience Agencia de Marketing Sostenible

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