Día Viernes, 27 de Marzo de 2026
Las manos que sostienen el sector social: ¿vocación o herencia impuesta?

En el día a día de Todo en Común, consultoría social, compartimos trabajo con asociaciones y fundaciones para acompañar su desarrollo y la gestión de proyectos. Ese contacto constante con las entidades nos ha permitido ver lo que muchas veces no aparece en los documentos oficiales: una realidad incómoda que sigue muy presente en el tercer sector. En España, buena parte del asociacionismo se sostiene sobre el trabajo de las mujeres, aunque todavía se siga hablando en masculino.
Hay tres cuestiones que se repiten una y otra vez en los espacios que hemos compartido dentro del sector social.
La primera es la trampa del amor. Si uno mira el origen de muchas entidades sin ánimo de lucro que hoy son referentes en discapacidad o enfermedades crónicas, suele encontrar un patrón común: detrás hay una madre, una esposa, una hermana o una hija. No es casualidad. Responde a unas expectativas de género que han colocado históricamente a las mujeres en el lugar del cuidado, de la contención y de la resolución silenciosa de los problemas.
Ese papel que asumimos en la vida privada se traslada también al ámbito comunitario. Las mujeres seguimos siendo quienes sostienen la lucha diaria, el apoyo emocional, la organización de acompañamientos y, muchas veces, también las tareas menos visibles. Estamos en la base que mantiene en pie a muchas entidades.
![[Img #28589]](https://alicantepress.com/upload/images/03_2026/5929_consultoria_social_en_alicante2.png)
La segunda cuestión es la contradicción que aparece al observar cómo se distribuye el poder. El sector social está profundamente feminizado. Basta con mirar las aulas de titulaciones como Educación Social, Trabajo Social o Pedagogía, así como la composición de muchos equipos de intervención. Las mujeres acompañan, ejecutan, organizan y sostienen.
Sin embargo, cuando se asciende hacia los espacios de representación institucional, allí donde se firman convenios, se diseñan estrategias o se toman decisiones en patronatos y juntas directivas, el equilibrio cambia. En demasiadas ocasiones, el liderazgo sigue teniendo rostro masculino.
Esa fractura demuestra que la vieja división entre lo privado y lo público continúa operando incluso en organizaciones que nacieron, precisamente, para combatir desigualdades. También en el sector social persiste la división sexual del trabajo, muchas veces disfrazada de vocación, sensibilidad o entrega. Como si todavía arrastráramos la idea de que las mujeres cuidamos mejor y los hombres gestionan mejor.
La tercera cuestión tiene que ver con la necesidad de pasar de los gestos simbólicos a la igualdad real. Si queremos que el sector social sea algo más que un espacio de buenas intenciones, debemos empezar por revisar cómo trata a las mujeres que lo sostienen.
No basta con dedicarles un día, una semana o un mes de visibilidad al año. No necesitamos felicitaciones puntuales, sino derechos, oportunidades y condiciones reales de igualdad. Y eso exige transformar las reglas del juego.
Hace falta democratizar los despachos. La presencia equilibrada en los órganos de representación no debería verse como una concesión, sino como un derecho. También debemos permitir que una profesional que ha desarrollado su carrera en la intervención pueda dar el salto a la gestión o a la dirección si tiene la preparación y la capacidad para hacerlo. No se puede seguir encasillando a las mujeres únicamente en el cuidado.
También es necesario auditar el poder. Menos declaraciones de intenciones y más objetivos concretos. ¿Quién toma las decisiones? ¿Cómo se reparten las responsabilidades? ¿A quién se escucha cuando se diseña una estrategia? Resulta difícil construir políticas y estructuras más justas si no se cuenta de verdad con las mujeres, que representan la mitad de la población y una parte esencial del sector.
Y, por supuesto, hay que educar en igualdad. Desde edades tempranas hasta los espacios profesionales, incorporar la perspectiva de género sigue siendo imprescindible para transformar realidades que a menudo se perpetúan de forma casi invisible. Lo personal deja de ser privado cuando afecta a muchas personas y se convierte en una cuestión colectiva.
Confío en que el sector social deje de reproducir las desigualdades que denuncia y pueda convertirse, de verdad, en el motor de cambio que necesita la sociedad. Las nuevas generaciones llegan con formación, empuje y una mayor conciencia de género. Conviene abrirles paso.
En Todo en Común lo tenemos claro: solo desde el trabajo compartido será posible transformar las realidades sociales y comunitarias. Porque lo que durante mucho tiempo se sostuvo en silencio también merece ser nombrado, reconocido y cambiado.
María Ardid es la fundadora y CEO de Todo en Común-Consultoría Social, desde donde acompaña a entidades sin ánimo de lucro en la gestión, coordinación y desarrollo de proyectos sociales, formativos, sostenibles y coeducativos.















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