Día Viernes, 27 de Marzo de 2026
Redes sociales y menores: entre la prohibición y la educación
Prohibir suele parecer una solución rápida cuando algo nos inquieta. Especialmente cuando se trata de la infancia y la adolescencia. La propuesta de limitar o prohibir el acceso a las redes sociales a menores de 16 años nace de una preocupación legítima: el aumento de los problemas de salud mental, la presión social constante, la sobreexposición y la dificultad para desconectar en un entorno digital diseñado para captar atención.
Sin embargo, cuando una prohibición se convierte en el centro del debate, conviene detenerse y hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos abordando el problema de fondo o simplemente reaccionando ante sus consecuencias?
Desde la sostenibilidad —entendida no solo como una cuestión ambiental, sino también social y humana— el debate sobre redes sociales y menores exige algo más que respuestas binarias. Exige comprensión, responsabilidad compartida y, sobre todo, educación. Porque también el espacio digital forma parte de nuestra casa común y, como cualquier entorno que habitamos, necesita normas, cuidados y límites para ser habitable.
No es ningún secreto que las redes sociales tienen impactos negativos. La comparación constante, la construcción de la identidad bajo la mirada ajena, los algoritmos que premian la visibilidad por encima del bienestar, la dificultad para gestionar el fracaso o el silencio digital. Todo ello afecta especialmente a quienes están construyendo su autoestima y su lugar en el mundo.
Negarlo sería irresponsable. Pero también lo sería reducir el debate a una narrativa de riesgo sin matices.
Las personas jóvenes de hoy son nativas digitales. No conocen un mundo sin pantallas, sin conexión, sin espacios híbridos donde lo presencial y lo digital se entrelazan. Para ellas, las redes sociales no son solo entretenimiento: son espacios de relación, de pertenencia, de expresión y, en muchos casos, de aprendizaje. Ahí se informan, se organizan, crean comunidad y construyen identidad.
Tratar a toda una generación como si fuera ajena o incapaz de comprender el entorno digital no solo es injusto, sino poco realista. La cuestión no es si usan redes sociales, sino cómo, para qué y con qué herramientas emocionales y éticas lo hacen.
Desde esta perspectiva, la sostenibilidad social nos obliga a ampliar el foco. Prohibir puede limitar el acceso, pero no enseña a gestionar. Puede retrasar la exposición, pero no prepara para ella. Y, en muchos casos, desplaza el problema a espacios menos visibles y menos acompañados.
Las redes sociales, como cualquier tecnología, son una herramienta. No son buenas ni malas en sí mismas. Su impacto depende del uso, del contexto y de los valores que las acompañan. Del mismo modo que no eliminamos el transporte por su impacto ambiental, sino que buscamos hacerlo más responsable, tampoco podemos aspirar a una sociedad digital sostenible basada únicamente en la restricción.
Aquí es donde la educación se convierte en el eje central del debate.
Educar en el uso de las redes sociales no significa solo enseñar a configurar la privacidad o a limitar el tiempo de pantalla. Significa trabajar el pensamiento crítico, la gestión emocional, el respeto, la empatía, la diversidad y la capacidad de poner límites. Significa hablar de lo que se muestra y de lo que no se muestra, de la presión por gustar, de la validación externa y del derecho a no estar siempre disponibles.
Pero esta educación no puede recaer únicamente en la escuela ni en las familias. Es una responsabilidad compartida. Las plataformas tecnológicas tienen un papel clave en el diseño de entornos más seguros y transparentes. Las instituciones deben ir más allá del titular fácil y apostar por políticas públicas que acompañen, formen y protejan. Y el mundo adulto, en su conjunto, debe revisar también su propia relación con las redes, porque educar no es solo decir, es también mostrar.
Hablar de sostenibilidad implica pensar en el largo plazo. En el tipo de sociedad que estamos construyendo y en las habilidades que necesitarán las próximas generaciones para habitarla. Una sociedad digitalmente sostenible no es aquella que elimina la tecnología, sino la que la integra con criterios de cuidado, justicia y bienestar.
Porque nuestra casa común no termina en lo físico. También se extiende a los espacios digitales donde convivimos, nos expresamos y nos influimos mutuamente. Cuidarlos es una forma de cuidar a quienes los habitan hoy y a quienes lo harán mañana.
Entre la prohibición y la educación, la sostenibilidad señala un camino claro: menos miedo, más responsabilidad; menos soluciones rápidas, más compromiso a largo plazo.
Inma Lara – CEO y Head of Sustainable Communications & PR
Comunicamos Experience Agencia de Marketing Sostenible















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