Del Martes, 20 de Enero de 2026 al Miércoles, 04 de Febrero de 2026
¿Por qué una tragedia nos afecta más de lo que pensamos?
Cuando ocurre una tragedia colectiva, como el reciente accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba), mucha gente se sorprende diciendo: “No conozco a nadie allí, pero me he quedado con mal cuerpo”. Y es que el impacto no se reparte solo entre las víctimas directas y sus familiares. A veces se instala en miles de hogares: sueño ligero, tristeza, ganas de mirar titulares o una inquietud difícil de explicar.
Esto tiene lógica. Nuestro cerebro está diseñado para protegernos y, cuando recibe un golpe así —inesperado, grave y con imágenes repetidas en televisión y redes— activa el miedo. Por eso aparecen pensamientos como “podría haber sido yo” o “ya no estamos seguros”. La mente no se mueve por datos fríos, sino por lo que percibe como una amenaza. Para el sistema nervioso, imaginar una y otra vez una catástrofe se parece a vivirla.
En ese “shock colectivo” el miedo busca una salida concreta. Hay quien se tensa al entrar en una estación. Y otras personas deciden evitar: “yo ya no cojo tren”, “mejor no viajo”. Evitar alivia en el momento, porque baja la ansiedad, pero tiene un precio: si el miedo marca el camino, la vida se estrecha.
También es importante recordar que estos sucesos son poco frecuentes. Pero como son tan impactantes, el cerebro tiende a darles más peso del que tienen en la realidad. Y si estamos expuestos todo el día a imágenes y noticias parecidas, es fácil que la mente concluya que el peligro es constante, aunque no lo sea.
La diferencia clave no está en sentir miedo, sino en cómo lo manejamos. El miedo puede ser un buen mensajero: te avisa de un riesgo y, cuando el entorno vuelve a ser seguro, se va. Pero si lo convertimos en piloto automático, empieza a decidir por nosotros: renunciamos a planes, aplazamos proyectos, dejamos de hacer cosas valiosas “por si acaso”.
Lo que ayuda empieza por tratarse con respeto: si te ha afectado, no hace falta justificarlo. Informarse es razonable, pero conviene evitar el bucle constante de vídeos y titulares, porque la repetición mantiene el cuerpo en alerta. Y, sobre todo, volver a lo cotidiano: dormir, moverse, ver a gente, recuperar rutinas. La calma llega cuando el cuerpo comprueba que la vida sigue siendo transitable.
Si empezamos a dejar de hacer cosas que antes hacíamos por miedo, si el descanso se altera o la inquietud no se va, buscar ayuda profesional es una forma de cuidarse.
Asier Larruscain, psicólogo sanitario especialista en ansiedad.
https://supera-tu-ansiedad.es


















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.109