Sostenibilidad en 2026: decidir en medio de la incertidumbre
La sostenibilidad nunca ha sido una cuestión aislada. No vive al margen del contexto ni avanza en una burbuja técnica o ambiental. Se construye o se desdibuja en función del momento histórico, de las prioridades políticas, del clima social y de la capacidad colectiva para pensar más allá de la urgencia. Y el momento que atravesamos, mirando en este 2026, es especialmente complejo.
Vivimos una etapa marcada por la incertidumbre. Conflictos internacionales prolongados, tensiones geopolíticas que afectan a la energía y a las cadenas de suministro, una inflación que ha erosionado la confianza de amplios sectores sociales y un clima político cada vez más polarizado. En este escenario, la sostenibilidad corre el riesgo de ser presentada como un problema añadido, como un obstáculo o incluso como una carga que hay que posponer.
Sin embargo, esa lectura es profundamente errónea. Precisamente en contextos de inestabilidad es cuando la sostenibilidad deja de ser un discurso aspiracional para convertirse en una necesidad estructural. No hay paz social sin justicia ambiental. No hay competitividad económica sin eficiencia en el uso de los recursos. No hay bienestar duradero sin una relación equilibrada con el entorno.
En los últimos tiempos estamos asistiendo a un cuestionamiento explícito de consensos que parecían consolidados. Se reabren debates sobre la transición ecológica, se simplifican problemas complejos y se construyen relatos que enfrentan sostenibilidad con empleo, protección ambiental con crecimiento, futuro con presente. Estos discursos, además de ser engañosos, alimentan una falsa dicotomía que solo genera parálisis y desconfianza.
Porque la sostenibilidad no es una agenda contra nadie. Es una propuesta a favor de la resiliencia, de la autonomía estratégica, de la salud pública y de la cohesión territorial. Es una herramienta para reducir dependencias, anticipar riesgos y fortalecer comunidades. Renunciar a ella no protege a la ciudadanía; la deja más expuesta.
Al mismo tiempo, conviene reconocer que no todo es retroceso. Frente al ruido político, emergen prácticas sólidas desde lo local, desde el tejido empresarial y desde la sociedad civil. Empresas que entienden que integrar criterios ambientales y sociales no es solo una obligación normativa, sino una ventaja competitiva. Administraciones cercanas que avanzan en movilidad sostenible, gestión eficiente del agua o economía circular. Personas que, aun cansadas, siguen apostando por formas de consumo más responsables.
La sostenibilidad que necesitamos este 2026 no puede limitarse a indicadores, informes o estrategias que se quedan en el papel. Debe traducirse en decisiones concretas: cómo diseñamos nuestras ciudades, cómo producimos energía, cómo cuidamos a las personas más vulnerables, cómo distribuimos los costes y los beneficios de la transición. Porque no todas las personas parten del mismo lugar, y cualquier política sostenible que ignore esta realidad está condenada al rechazo social.
Hablar de sostenibilidad hoy es hablar también de equidad, de diálogo y de corresponsabilidad. No se trata de imponer cambios desde arriba ni de cargar toda la responsabilidad en la ciudadanía. Se trata de construir marcos claros, coherentes y estables que permitan avanzar con seguridad y confianza.
Y aquí entra en juego una palabra incómoda, pero imprescindible: valentía. Valentía política para sostener una visión a medio y largo plazo en un contexto dominado por el corto plazo. Valentía empresarial para innovar y transformarse sin esperar a que el entorno sea perfecto. Valentía ciudadana para exigir coherencia, pero también para asumir que cuidar lo común implica cambios reales en los hábitos y en las prioridades.
Nuestra Casa Común no es una metáfora lejana. Es el territorio que habitamos, el aire que respiramos, los recursos de los que dependemos y los vínculos sociales que nos sostienen. Cada decisión aplazada, cada retroceso y cada renuncia tiene consecuencias que ya estamos empezando a percibir.
2026 no es una fecha simbólica. Es un punto de inflexión. Lo que hagamos ahora determinará si avanzamos hacia un modelo más justo, resiliente y habitable, o si seguimos reaccionando tarde a problemas que ya conocemos. La sostenibilidad no es el debate que debemos ganar, sino la base sobre la que reconstruir confianza, futuro y sentido colectivo.
Porque, al final, cuidar lo común no es una opción ideológica ni una moda pasajera. Es una cuestión de responsabilidad. Y también de compromiso con quienes vienen detrás.
*Inma Lara Vázquez es periodista y consultora de comunicación especializada en sostenibilidad, acompaña a empresas e instituciones en procesos de transformación responsable.
















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