Del Martes, 20 de Enero de 2026 al Miércoles, 04 de Febrero de 2026
Las palabras que se quedarán sin decir

Fernando de la Vega era un compañero del instituto. Era un chaval tranquilo y callado con una sonrisa tímida siempre en la boca. FV (como le llamábamos) era un deportista nato. Corría todos los días, en una época (principios de los 80) en la que solo se corría porque llegabas tarde o porque te perseguía alguien (la policía, normalmente). Todavía no existían los runners. En las películas veíamos a los americanos haciendo lo que aquí llamábamos incomprensiblemente “footing” (palabro inexistente en el idioma inglés, creo yo) pero no se veía a nadie por las calles corriendo por deporte. Salvo a FV. Iba corriendo a todas partes el tío, con sus pantalones cortos de deporte y sus camisetas de algodón. Nada de camisetas de tejido técnico dry fit, pulsómetro Runner Cardio, cortavientos, barritas energéticas, bebidas isotónicas, manguitos, guantes, cinta, Go Pro, gafas Oakley ni Spotify Premium; “pronador” y “supinador” eran solo términos médicos que no se conocían fuera de las facultades de medicina y la gente se compraba unas zapatillas porque eran bonitas y punto. Para no ir descalzo, ya saben. Si pertenecía a algún club atlético lo desconozco porque en aquel entonces la gente no documentaba su vida diaria ni se hacía fotos corriendo al amanecer. Para nosotros era un loco entrañable: corría por gusto, hay que joderse.
Fernando murió a mitad de curso atropellado por un autobús de línea en Campello. Cruzó corriendo la calle y no lo vio. Nunca sabremos en qué iba pensando para no verlo venir. Quizá soñaba que volaba más rápido que nadie en las Olimpiadas o que batía el record de la maratón. Esa fue la primera vez que la muerte inesperada sorprendió nuestras jóvenes cabezas. FV se había ido, para siempre, con 15 años y nos había enseñado que basta un segundo para que todo se acabe. Nos dejó también la certeza de que uno (casi) nunca sabe cuándo va a morir y que (casi) nunca está preparado para irse. Y que, cuando te toca, los demás se quedan con cara de incredulidad, como si morirse fuera algo rarísimo, oiga, y dejas un montón de cosas sin hacer y de palabras sin decir.
A lo que voy es que, por si acaso nos atropella un autobús o nos cae en la cabeza una tortuga y nos mata, deberíamos pensar en ello. Y como todavía estarán flipando con lo de la tortuga les diré que así murió Esquilo, sin ir más lejos, cuando un buitre al parecer confundió su calva con una piedra y dejó caer al infortunado quelonio desde considerable altura. Resulta que el Oráculo vaticinó que moriría aplastado por una casa y el tipo se fue al campo a vivir. Ya podría haber afinado un poco más el Oráculo con qué tipo de casa le iba a dejar tieso.
El caso es que no es ya el Carpe Diem, el disfrutar del momento y del ahora, que también: es que no quisiera yo morirme de repente sin decirle a toda la gente que quiero que la quiero y a la gente que me cae bien que me cae bien. Y pedir perdón por las veces en las que, por error u omisión, fui un gilipollas, un cabrón o un insensible. El problema es que ni me acuerdo de todos ni me va a dar tiempo. Pero háganse un favor a sí mismos: paren por un momento, en serio, dejen lo que están haciendo y llamen a alguien querido. Yo he llamado a mi madre, que la tengo lejos, pero puede ser esa amiga de la que siempre decimos “somos tan amigas que no hace falta ni que nos veamos ni que hablemos”. Y una mierda. Llámala, ahora. Aunque solo sea para decirle “hola cachoperra” o bien “hola pedazo de mamón”, en caso masculino.
Háganlo ahora, no después; y así, si pasa un buitre con una tortuga en el pico conduciendo borracho un autobús a 120km/h y ya no hay un después, por lo menos se irán con la satisfacción de haber dicho alguna de esas palabras que, inevitablemente, se nos quedarán sin decir.
















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