Banderas de nuestros hijos
Como no es suficientemente tedioso y cansino el panorama político nacional, vamos e infectamos con sus nocivos efectos el deporte. Siempre que entendamos que el futbol, hoy en día, es un deporte. No lo tengo muy claro. Desde su más tierna práctica en este “deporte” se dan circunstancias y situaciones poco educativas y menos relacionadas con las máximas del Barón de Coubertin. Ejemplos tenemos todos, o es que nadie ha asistido a un partido de niños de diez años en que más de un energúmeno (padre putativo de Messi o de Cristiano), recuerda a un árbitro de parecida edad la vetusta profesión de su madre o los adornos craneales de su padre. O es que es entendible que, en futbol base, a cinco jornadas de fin de liga puedan cambiarse los equipos casi íntegramente, con el único objetivo de ganar, sin pensar en los que llevan toda una temporada de esfuerzo compitiendo. Insisto, futbol base, formativo. Muy fair play no parece, no, y menos desde las propias instituciones. Así que quien se extrañe de la polémica de las banderas es que, o vive en Marte o aquí, pero bajo diez capas de tierra y sin conexión wi-fi.
En todo caso, no parece normal, habría que hacérselo mirar y analizar con perspectiva y cautela para no incurrir en semejantes bobadas. Nada bueno deriva de ello, en ningún sentido. Enfrentar hermanos, provocar disputas banales que solo aprovechan unos pocos, aislados y egocéntricos dirigentes/directivos bien cubiertos de espalda a tobillo, es, a falta de mejor concepto, estúpido.
Una bandera no pasa de ser un trapo pintado salvo que alguien quiera darle otro significado que afecte a las vísceras de masas reivindicativas enfervorizadas. Ahora bien, cuando eso ocurre, en su nombre y a su vera y sombra se justifican las mayores atrocidades, las más ilícitas posturas y las intransigencias más evidentes. ¿Pero quién las comete? Los veinticinco mil aficionados que como autómatas siguen la orden o las veinte personas que la emiten. Ambos, sin lugar a dudas pero por motivos distintos, unos por seguidistas inconscientes, los otros por inconscientes (ególatras) a secas.
Que coincida y me alegre de que un juez dictamine que uno mismo, con su propio mecanismo, pueda mostrar el trapo que quiera, no evita, al contrario, que me haga muchas preguntas. ¿Es cierto que Villa tuvo que cambiarse las botas en el Campo Nuevo por llevar la bandera nacional en ellas (dos centímetros cuadrados, imperceptible)?, ¿por qué no hay una sola bandera española en los partidos del Barsa?, ¿es normal que todos, todos, sin excepción, piensen lo mismo sobre el Estado?, ¿se ha oído, en alguna ocasión, vítores a España en ese campo?, ¿es requisito esencial ser nacionalista para pertenecer al club o, como mínimo, esconder la españolidad?, ¿si no se quiere formar parte de España, es necesario participar en sus competiciones?, ¿los aficionados del Español, existen o son de Teruel?, ¿qué espera la ciudadanía si, como parece, todo es una pesadilla de cuatro (cientos) revisionistas que no son capaces de mantener, si quiera, su patrimonio en su amadísima tierra?, ¿te admiten como socio si no sabes o no quieres silbar el himno nacional? Hay unas cuantas más pero coparían la página y queda más de un comentario.
Con todo, las manifestaciones personales espontáneas pertenecen a la absoluta libertad democrática, nos gusten o nos repugnen, y así las defenderé siempre sean del signo que sean pero, o mucho me equivocan las evidencias, o de libertad personal, individual e intransferible, nada de nada. Cuando la Institución, el Club (mes que un Club), interviene, conduce, anima, provoca y aplaude estas conductas la polémica sube de categoría, pasa de segunda a primera división y, lógicamente, se complica. Sobre todo porque las ideas y convicciones tienen su propio foro y lugar y sacarlas de él no les hace favor alguno. Tensar la cuerda, crispar los ánimos, provocar al contrincante tirándole chinitas, ladrillos o losas alabando o, simplemente, olvidando las faltas de los autores desde agrupaciones deportivas con fines totalmente distintos, recuerda a regímenes indeseables pasados o a presentes más que Maduros, podridos.
Ni conozco, ni afecta a estas líneas, el resultado que tenga la contienda entre Sevilla (España) y Barcelona (Catalunya). Ni lo sé a estas horas ni me importa aunque mis deseos tengan más sabor a “pringá” que a “fuet”, conseguido a base de esfuerzo e inasequible al desaliento, por el responsable de imagen y propaganda del que se considera mes que un Club.
En todo caso, permítaseme felicitar al responsable de estas labores de difusión y publicidad, emparentado en, como mínimo, segundo grado con los responsables políticos de la región a la vista de las simpatías que vienen creando. Necesitaría conocer su nombre para no contratarlo jamás, ni de sexador de pollos.
*Enrique Vila es abogado. Fundador del despacho Romiel y Vila Abogados





















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